viernes, 19 de marzo de 2010

VIA CRUCIS SACERDOTAL (estaciones VII y VIII) 19/03/2010

Vía Crucis Sacerdotal
Séptima Estación: Jesús cae por segunda vez.

“Y tratamos de impedírselo, porque no es de los nuestros”.
(Lc. 9,49)

V/. Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Reflexión: Jesús sufre una caída que a pesar de ser dolorosa lo calma y lo serena. Las caídas de Jesús en el camino al suplicio son por agotamiento físico, pero las aprovecha el Señor para orar y llenarse de la fuerza trinitaria del Jordán y del resplandor glorificante del Tabor. Después que Jesús inauguró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal en el desierto al rechazar las tentaciones del enemigo, nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado (cfr. Prefacio I domingo de cuaresma). El tentador lo abandona a Él, sin embargo como león rugiente buscaba devorar a sus discípulos (cfr. 1Pe.5, 8-9). Las tentaciones de las envidias, recelos, codicias, egoísmo y soberbia siempre estuvieron rondando al discipulado de Cristo como espina de muerte y división. Jesús ante las instigaciones de los suyos los exhorta al servicio, humildad y caridad.
El sacerdocio único de Cristo se desarrolla en el ministerio sacerdotal de la Iglesia que es una, santa, católica, apostólica y romana. Los sacerdotes son hombres de esperanza y diálogo, el ecumenismo es una experiencia de diálogo profundo, un escucharse y hablarse, un conocerse mejor. La unidad tiene su base en la oración acompañada por el ayuno, el compartir tiene su fundamento en la fraterna colaboración y en la libre donación para aliviar los sufrimientos de la humanidad. La unidad dentro y fuera de la Iglesia es un clamor permanente del Señor que murió por todos. La Virgen María fortalece la unidad dentro del catolicismo y la predicación del Evangelio como Buena Noticia estimula la unidad entre todos los cristianos. Jesús cae por nuestra división para que los cristianos nos levantemos con Él a orar y trabajar por la unidad. Que María, Madre de la Iglesia, ayude a todos los fieles a dejarse abrir íntimamente por Cristo a la comunicación recíproca en la caridad y en la verdad, para transformarse en Él en un solo corazón y una sola alma.

Oración: María, madre de la fe, que acompañaste al templo al Hijo del hombre, en cumplimiento de las promesas hechas a nuestros Padres: presenta a Dios Padre, para su gloria, a los sacerdotes de tu Hijo. Madre de la Iglesia, que con los discípulos en el Cenáculo implorabas el Espíritu para el nuevo Pueblo y sus Pastores: alcanza para el orden de los presbíteros la plenitud de los dones. Madre de Jesucristo, que estuviste con Él al comienzo de su vida y de su misión, lo buscaste como Maestro entre la muchedumbre, lo acompañaste en la cruz, exhausto por el sacrificio único y eterno, y tuviste a tu lado a Juan, como hijo tuyo: acoge desde el principio a los llamados al sacerdocio, protégelos en su formación y acompaña a tus hijos en su vida y en su ministerio, Madre de los sacerdotes vela por los ministros de tu amado Hijo para que nunca sean derribados. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén


Octava Estación: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén.

“Así que ella se levantó y comenzó a atenderlos”
(Mt. 8,15)

V/. Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Reflexión: Jesús rompe el esquema anímico de todo condenado a muerte, el que sufre también consuela, el Mesías solloza de sufrimiento y a la vez conforta a las que lloran, el Maestro suspira lleno de consternación y descansa aliviando a las atribuladas. Jesucristo como Siervo sufriente renuncia ser consolado para consolar, muy a pesar de estar en desventaja física no deja su labor de cargar el yugo de la humanidad.
Ya antes, Simón de Cirene había sacado la cara y metido su hombro en representación de los hombres, ahora la escena hacia el Calvario nos muestra el rostro de las sufridas mujeres de Jerusalén, ellas no sólo lloran con lamentos a imagen del llanto de Raquel o de las madres de los santos inocentes que murieron en lugar de Cristo niño (cfr. Mt. 2,18), ante la expresión de llanto, ellas como necesitadas permanentes de consuelo y protección, abren sus brazos, su alma y su corazón para recibir al Cristo consolador. Jesús se adelanta al Paráclito e inaugura el tiempo de la consolación del Espíritu Santo.
La vida de los sacerdotes es también de «siervos sufrientes» que constantemente tienen que eximirse de sus dolores para esperanzar a los otros. Al sacerdote por ser «Otro Cristo» en la tierra, muchas veces se le tiene vetado quejarse ante los padecimientos propios, llorar por sus mortificaciones en lo secreto, dónde solo está el Padre que ve en lo secreto (cfr. Mt. 6,1ss), no puede decir estoy cansado porque está llamado a apacentar a los abatidos, en ocasiones cuando es calumniado por los látigos del oprobio social no puede defenderse porque socialmente está en total indefensión. Ante una Iglesia perseguida como el «Nuevo Israel» y unos sacerdotes que son hostigados por su voz profética como «Nuevos Bautistas» por los faraones y Herodes de hoy, se da vigencia a la proclama de la Bienaventuranza: “Dichosos los que sufren porque serán consolados” (Mt. 5,4). El sacerdote conforta, porque Cristo consuela.

Oración: Virgen María, Madre de Cristo Sacerdote, Madre de los sacerdotes del mundo entero. Tú amas con un amor especial a los sacerdotes. Porque ellos son la imagen viva de tú Hijo único. Tú has ayudado a Jesús durante toda su vida. Y los ayudas todavía en el cielo. Nosotros te suplicamos que ruegues por los sacerdotes. Ruega a Dios que envíe operarios a su mies. Ruega para que tengamos sacerdotes. Que celebren los sacramentos. Que nos expliquen el Evangelio de Cristo. Que nos enseñen a convertirnos en verdaderos hijos de Dios. Virgen María, pide a Dios Padre por los sacerdotes. Para que sean santos. Y que las madres creyentes oren al Buen Pastor para que cuando uno de sus hijos sea llamado por Jesús a la vida consagrada sientan tu mismo gozo. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

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