miércoles, 28 de abril de 2010

El Nacional (editorial). "Habló el general" 28/04/2010


El domingo pasado el Presidente se atrevió a tratar en público el tema de las denuncias del general retirado Antonio Rivero y, como era de esperarse, inició su defensa insultando a este alto oficial cuyo único delito ha sido el haber mostrado su preocupación y rechazo por la excesiva y grosera intervención de los militares cubanos en Venezuela. Nada más. Esa audacia nacionalista, que como militar venezolano debe aplaudírsele, se ha convertido por obra y gracia de su jefe máximo en un insulto.

¿Por qué constituye un insulto decir que unos militares extranjeros están metidos donde no tienen que estar, es decir, en la Fuerza Armada, y que ello contradice rotundamente las normas y principios de cualquier ejército del mundo? Una cosa son los aliados y otra muy diferente es que puedan hacer presencia activa en el Estado Mayor Conjunto. Esto hay que averiguarlo a fondo y darle una respuesta real y específica que ayude a resolver las inquietudes no sólo de los militares sino de los venezolanos en general.

Quien ha formulado la denuncia no es un advenedizo ni un loco, sino un general de la república, con una trayectoria pública ejemplar que todos los venezolanos conocemos. Su desempeño como jefe de Protección Civil recibió (caso único en el chavismo) el respaldo de los ciudadanos de todos los sectores porque no fue un funcionario sectario, ni excluyó a alguien por su militancia política, ni se negó a trabajar con los gobernadores y alcaldes de la oposición.

Al general Antonio Rivero se le veía en la televisión y se le escuchaba a través de las emisoras de radio sólo cuando ocurría una tragedia y tenía que informar a la población. Pero lo mejor era que jamás mentía ni ocultaba la dimensión de los desastres naturales y sus devastadores efectos en cualquier parte del país. Esa honestidad en el cumplimiento de su misión, ese equilibrio en el ejercicio de sus funciones y esa credibilidad que alcanzó por ser sincero y no mentiroso le granjeó el odio presidencial.

De manera que fue destituido y apartado de un cargo que había ejercido mejor que nadie. Y luego, como era de esperarse en ese mundo de mediocres que rodean al jefe máximo, fue relegado a funciones que en nada aprovechaban su capacidad como profesional de la Fuerza Armada.

Su vida en los últimos años no fue fácil porque los militares no cubanizados lo veían como un hombre del oficialismo y los oficialistas desconfiaban de él porque siempre se negó a aparecer con franela roja en las ruedas de prensa, y no aceptó mandar a su gente a las manifestaciones públicas del chavismo. Esa actitud generó un odio profundo contra un funcionario castrense que sólo ha sido consecuente con las normas de conducta que se enseñan en la Escuela Militar y no en La Habana.

Vale la pena revelarle a los venezolanos que el general Rivero sigue viviendo en la modesta casa que siempre tuvo. No se mudó al este como Diosdado ni se fue de Casalta como Jesee Chacón y su familia.




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