martes, 26 de enero de 2010

JUAN PABLO, AMIGO, EL ZULIA ESTÁ CONTIGO...!!!



Hace 25 años estaba asustado… tanto que no paraba de sudar, independientemente del atorrante calor, muy propio de la ciudad de Maracaibo; mi cabeza se movía apresuradamente de izquierda a derecha, oteando, esperando. Desde las once de la mañana estábamos los seminaristas mayores de Maracaibo afinando los detalles de la liturgia eucarística, que daría inicio a las 5 de la tarde. Por supuesto, luego de revisar una y otra vez los purificadores, los corporales, los cálices, contar las sillas y cotejarlas con la lista de prelados y sacerdotes concelebrantes, probar una y otra vez los micrófonos, comprobar hasta la saciedad que todo estuviera en su sitio, ya no había otra cosa que contemplar los diferentes grupos que llegaban y empezaban a formar la multitud de ¿cuántos? ¿ochocientos mil? ¿novecientos mil? no lo se a ciencia cierta, de esa enorme cantidad de almas que se reunía en el antiguo aeropuerto de Grano de Oro para participar del Santo Sacrificio del Altar oficiado por Su Santidad Juan Pablo II, el Papa Amigo quien por primera vez visitaba Venezuela.

A las 4 de la tarde Monseñor Magee, maestro de ceremonias del Papa nos pidió que nos reuniéramos en la sacristía. El ambiente de la improvisada sacristía detrás de la tarima no podía ser mas aséptico… piso, techo, paredes, muebles, todo de un blanco perlado que a la luz de los fluorescentes daba la sensación de paz, de serenidad, y a pesar de eso estaba asustado. Paradogicamente, y quizás por ese refrán “mal de muchos, consuelo de tontos”, me tranquilizó saber que no solamente no era yo el único, sino que todos estábamos en igual condición… no hablábamos, no decíamos nada, solo dejábamos correr las gotas de sudor por nuestras sienes y mirábamos a la puerta esperando que el Vicario de Cristo apareciera. Qué lento pasa el tiempo cuando quieres que algo ocurra! Una, dos, tres eternidades parecieron pasar delante de nosotros, grupo de imberbes ensotanados y enroquetados que en silencio sólo atinábamos a oir a Monseñor Lückert que a través de los potentes micrófonos ensayaba los cantos litúrgicos y arengaba a la multitud con vítores a Cristo, a María, al Papa y a la Santa Madre Iglesia.

Súbitamente se abrió la puerta, y sin darnos tiempo a nada entró Magee con cara circunspecta y agrandó los ojos para comunicarnos que él había llegado. Nunca en mi vida había sentido un magnetismo tan poderoso… no podía quitar los ojos de encima de ese señor con cara de anciano venerable, amplia y franca sonrisa que, en perfecto español nos preguntó: “¿son seminaristas?” Por supuesto que nadie atinó a responder… mudos todos ante esa imponente presencia que con la fuerza de la bondad, con el estoicismo de una vida totalmente entregada a Dios, con esos ojos vivos y alegres, con el coraje de la Palabra de Dios asumida como modo de vida nos embelesó de tal manera que poco o nada podíamos hacer, decir, ni siquiera pensar, y miren que hay que tener un don especial para hacer callar a un grupo de seminaristas maracuchos!

Se fue acercando a nosotros, uno a uno, alargando su brazo. No creo que esperara que besáramos el anillo del pescador, costumbre especialmente europea pero que a nosotros no nos dice absolutamente nada… y sin embargo lo hicimos para hacerle sentir en su casa, y claro que lo era!. Gentilmente nos impartió su bendición, nos hizo la señal de la cruz en nuestras frentes y nos regaló a cada uno un hermoso rosario. Nunca dejó de sonreir, ni por un momento la chispa de sus ojos bajó de intensidad. El que solo conocíamos por fotos y en los noticieros estaba allí, en persona, delante de nosotros. Yo no se cómo lo logró, pero el contacto con Su Santidad alejó nuestro nerviosismo, lo transmutó en esa alegría del corazón, en esa paz del alma que dimanan de los santos quienes por vivir junto a Dios solo pueden comunicar a un Dios que es amor, misericordia y perdón.

Fue breve el encuentro. Inmediatamente tuvimos que salir de la sacristía para formar la procesión de entrada y comenzar a subir las escaleras de la tarima, de manera pausada, rítmica, litúrgica. Arriba, la Chinita, excelsa patrona del Zulia, Madre del Redentor y Madre nuestra en su trono de madera hojillado en oro se hacía también compañera de nuestras emociones, de vida, de fe.

Nunca había visto gritar de emoción a ¿cuántas? ¿ochocientas mil? ¿novecientas mil? a toda esa congregación de almas que un día llegó a Grano de Oro para decirle al Papa: “Juan Pablo, amigo, el Zulia está contigo”.

Pueden leer aquí la homilía del Papa en la Misa en Grano de Oro el 27 de Enero de 1985


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