viernes, 12 de agosto de 2011

El Evangelio de la política. Padre Andrés Bravo

Para el cristiano el fundamento de su reflexión doctrinal y de su praxis pastoral es el dato de fe de Dios que irrumpe en la historia y se autorevela hasta tal extremo de hacerse hombre y habitar en nosotros. Este misterio de la encarnación del Hijo de Dios le da sentido superior a todo lo humano. Sin olvidar lo definido en el segundo Concilio Constantinopolitano reafirmado por el Vaticano II y el Catecismo de la Iglesia Católica, de que por la encarnación Dios asume todo lo humano, pero no lo absorbe. Es decir, lo humano no desaparece ante la misteriosa unión con lo divino. Más bien lo humano se enaltece y adquiere una nueva dignidad mucho más enaltecedora. De ahí que nada hay humano que no sea asumido por Jesucristo, como tampoco hay nada humano que le sea indiferente a la Iglesia. Ella no sólo está al servicio de los seres humanos, es humana, es la comunidad de los seres humanos que siguen a Jesús.

La misión de la Iglesia es la de anunciar el Evangelio de Jesús. Él vino a predicar el Reino de Dios que, aunque debe realizarse en nuestra historia, sólo encuentra su plenitud en la eternidad. Por eso Jesús indica, por un lado, que su Reino está en medio de los hombres y, por el otro, que no es como los de este mundo. Se trata de un nuevo dominio en los pueblos, que se realiza en la fraternidad universal y se manifiesta en el extremo del amor en la cruz donde el Hijo se entrega a la muerte. Es pues, una buena noticia (Evangelio) que ocupa la vida y la doctrina de Jesús y su Iglesia. Esto, necesariamente, trastoca el orden de la sociedad con sus sistemas socio-políticos. Los hombres de poder se ven amenazados por la presencia de Jesús. Sin embargo, los pobres de la tierra, se abren a una nueva esperanza de liberación. Esto está significado en el anuncio del Ángel a los pastores: “No tengan miedo, porque les traigo una buena noticia, que será motivo de gran alegría para todos: Hoy les ha nacido en el pueblo de David un salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc 2,10-11). También en el himno de María donde anuncia que Dios “actuó con todo su poder: deshizo los planes de los orgullosos, derribó a los reyes de sus tronos y puso en alto a los humildes…” (Lc 1, 46-55). Por eso, ante el testimonio de los sabios de oriente, Herodes y su poder temblaron de miedo (cf. 2,1-12).

Al comenzar su ministerio, Jesús entra a la Sinagoga de Nazaret y lee el comienzo del capítulo 61 del profeta Isaías y, con este pasaje profético, presenta su programa de acción: anunciar el Evangelio a los pobres, dar la libertad a los presos y la vista a los ciegos, liberar al oprimido y anunciar el año del Señor (cf. Lc 4,16-21). Esta es la prioridad de su acción. Felizmente, Juan Pablo II ha referido esta escena de Jesús, en su convocatoria al Jubileo del tercer milenio, indicando su relación con la práctica del Año Sabático del pueblo de la antigua alianza. Ahí podemos saber en qué consiste “el año del Señor” anunciado por el Profeta y asumido por Jesús como su misión. Sencillamente, podríamos interpretar que se trata de la reconciliación de la humanidad entre sí y con Dios, para lograr la comunión del amor, símbolo del Reino predicado por Jesús. En concreto, leemos en el capítulo 15 del libro del Deuteronomio: toda deuda sea perdonada porque es el año del perdón, “de esta manera no habrá pobres entre ustedes… Si hay algún pobre entre tus compatriotas en alguna ciudad del país que el Señor tu Dios te da, no seas inhumano ni le niegues tu ayuda a tu compatriota necesitado; al contrario, sé generoso con él y prestare lo que necesite… No dejará de haber necesitado en la tierra, y por eso yo te mando que seas generoso con aquellos compatriotas tuyos que sufran pobreza y miseria en tu país”. Es el año de la libertad.

Todo esto nos ayuda a comprender lo que para el cristiano significa la política. No crean que los discípulos le Jesús entendían lo que consiste su Reino predicado. Aún tienen la idea de un Rey soberano que impone su voluntad ante todo un pueblo que se convierte en súbdito, con un orden jerárquico estricto. Ya ven ustedes que la Madre de Juan y Santiago ingenuamente le pedía a Jesús los mejores puestos para sus hijos. Jesús aprovecha la oportunidad para enseñarnos que existe un tipo de gobierno y sistema político autocrático, dictatorial y tiránico: “Como ustedes saben, entre los paganos los jefes gobiernan con tiranía a sus súbditos, y los grandes hacen sentir su autoridad sobre ellos” (Mt 20,25). Pero, para Jesús gobernar es servir. El ejercicio de la política es esencialmente el arte del servicio al bien de todos, siguiendo los criterios del Evangelio del Reino que tiene como meta la fraternidad universal: “El que entre ustedes quiera gobernar, deberá servir a los demás” (Mt 20,26). A eso llamo el Evangelio de la política.

José Andrés Bravo H.
Capellán de la UNICA



jueves, 11 de agosto de 2011

The History Channel, otro que se cayó del pedestal



Si es cierto que estamos viviendo épocas de grandes cambios y transformaciones, pues tampoco los canales de televisión se salvan de esa metamorfosis que no es precisamente de larva a mariposa sino de gusano a otra cosa peor.

Ya hace dos años atrás me tocó manifestar mi queja del Discovery Channel (puede leerlo aquí) y ahora, con pesar, viene el turno de The History Channel.

Debo hacer notar que mi problema hace referencia al nombre del canal y su filosofía implícita. Yo no espero ver ciencia ficción en El Gourmet.com ni una novela mejicana en ESPN, porque son canales temáticos de cocina y deportes dirigidos a una audiencia que merece (y recibe) respeto y seriedad.

De un tiempo a esta parte The History Channel ha venido incluyendo en su programación habitual una serie de “reality shows” que poco o nada tienen que ver con la historia y que ocupan buena parte del prime-time. Tal vez mi concepto de historia sea demasiado restringido pero, y aquí el lector tiene la palabra… díganme ustedes si un individuo, sierra de cadena en mano y partiendo por la mitad una máquina de pin-ball, una mesa de billar o un camión cisterna es algo que puede compartir un lugar especial en la línea del tiempo con Atila el huno, Vercingétorix o el mismo Espartaco?

Cuatro gordos (tres que compran y uno que dice/hace estupideces…que por cierto es el gancho del rating) adquiriendo a precio de gallina flaca una diversidad inimaginable de objetos para revenderlos después al doble o mas (agiotistas en el mejor sentido de la palabra) en una tienda de empeños en Las Vegas se pueden comparar con las reuniones de Yalta, la caída del muro de Berlín o el ataque a Pearl Harbor?

Una serie de camioneros cayendo por los riscos de Yemen, Mongolia o vaya a saber usted dónde, otra de un piloto de carros compitiendo contra un helicóptero y un puñado de tipos haciendo añicos a tiros los blancos mas rocambolescos serán la versión moderna de Aníbal montado sobre un elefante cruzando los Alpes, Bolívar y su Campaña Admirable en Los Andes o la batalla de Verdún?

Ni hablar de “Cazadores de Momias”, que aún cuando el tema del programa parezca histórico, no es ni mas ni menos que la descripción autobiográfica de un autoritario bipolar, grosero y gritón, desmedido troglodita que trata a todos como si fueran esclavos llamado Zahi Hawass que, muy célebre egiptólogo será pero parece mas una copia de Mubarak o del mismo Gadaffi.

Dejo en claro que los programas antes mencionados (y las otras babosadas como “cazadores de tesoros”) no es que sean malos…algunos son entretenidos, pero que ocupen espacio primordial y horario estelar en un canal llamado The History Channel me parece que es un poco irrespetuoso para con el televidente. Y mientras no nos quejemos seguiremos asistiendo impávidos a la veloz mediocridad de la televisión alternativa…no es que “si no te gusta cambia de canal” porque yo no estoy pagando para dejar de ver canales sino para tener algo de calidad y la programación que espero de un canal temático de historia es que sea de historia.

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domingo, 31 de julio de 2011

Comenzó la guerra de los olores


Se desató la guerra de los olores aunque hedores debería ser la palabra ideal porque lejos de agradar, ambos provocan repulsión. Por “ambos” me refiero a los hedores y no a los contendores aunque usted, si quiere, puede entender lo que le parezca mejor.

Yorch Doboliu Busss responde con un gancho al hígado a aquel recto al mentón que le propinara chavez en la ONU. Si para chavez, Bush era el diablo y olía a azufre, pues ahora Bush responde: “yo puedo oler a azufre pero chavez está oliendo a formol”.

Este señor Bush no es santo de mi devoción; yo pensaba de él lo mismito que luego Oliver Stone (que tampoco es otra de mis devociones) plasmó en su película “W”. Un bueno para nada, hijo de papá, incapaz de tomar una decisión acertada si no tiene a alguien (Cheney) que le diga qué es lo que tiene que hacer o decir.

Ante la diatriba que ha suscitado la enfermedad del presidente…que si tiene cáncer…que no tiene nada…que si le extirparon un tumor…que solo fue una liposucción…que el camarada está recibiendo quimioterapia…que todo es un engaño y demás decires, el hecho que Miraflores no haya contestado la salida de GWB con alguna de las respuestas prefabricadas y tomadas fielmente del “Dictatorship for dummies” al estilo: Yankee de mierda, anda a lavarte el paltó, enrolla ese comentario y te lo metes en el…bolsillo, me da que pensar.

¿Será que el mamma’s boy son of a gun la pegó? ¿Que espetó una verdad tan meridiana que no dejó lugar a respuesta alguna que no pudiera venirse a tierra en un futuro cercano? ¿Que la cosa como que es cierta? ¿Que sí como que ya empieza el tufillo a formol?

Habrá que esperar para saber quién tiene la razón, porque el tiempo es la mejor herramienta para descubrir la verdad, y como dice la Sagrada Escritura: “No hay nada oculto que no llegue a saberse”, pero mientras tanto usar Glade no viene mal y si es en el carro, la “chica fresita”.

Amanecerá y veremos

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sábado, 9 de julio de 2011

Manuel Rosales regresa a Venezuela ¿ya pa qué?


“Regresa Manuel Rosales” es la consigna que desde hace poco menos de una semana se viene repitiendo en los medios de comunicación, especialmente del Zulia. Confirmado por su señora esposa y alcaldesa de Maracaibo Eveling Trejo de Rosales quien afirma que mas temprano que tarde pisará suelo zuliano.

Viene por fin a enfrentar a la justicia que lo acusó de peculado, enriquecimiento ilícito y corrupción administrativa. Algo pasó en Perú, entre ceviche y pisco, que le hizo retomar el valor que le faltó para enfrentarla en su debido momento y dar la cara siendo inocente (según él), porque creo que si analizamos la situación del Poder Judicial en Venezuela ésta no ha cambiado en nada, especialmente ahora que los jueces del TSJ reciben un cariñoso bono de diez mil bolívares mensuales solo para hacer la compra con “cesta-ticket” y que podría interpretarse como “otro amarre mas” a la subordinación que ya tienen al Poder Ejecutivo.

Bastante tiempo tiene Rosales en el Perú con el status de “exiliado político” caminando libremente por calles y avenidas como para que ahora quiera igualarse con los que siempre se quedaron y nunca se fueron como por ejemplo Forero, Simonovis, Vivas, Mazuco y ahora Afiuni, verdaderos mártires del acoso, la persecución y la barbarie roja. Esa liga le queda grande a Rosales, especialmente porque si siempre han quedado las dudas del entreguismo electoral de diciembre de 2006, quién asegura que no hay ahora un pacto soterrado con el gobierno para embochinchar las elecciones internas y restarle votos a quienes verdaderamente se merecen ser candidatos presidenciales? Porque no vamos a negar que Rosales aún mantiene simpatías especialmente en el Zulia, estado que puede ser crucial al momento de la elección interna. Se había dicho que el gobernador Pablo Pérez anunciaría su candidatura a las primarias el 5 de julio pasado, cosa que no sucedió y ahora “coincidencialmente” Rosales anuncia su regreso… UNT no puede tener dos cabezas y allí quien manda es Rosales aunque sea a control remoto (al mejor y mas clásico estilo de Caldera en Copei y de chavez en el PSUV).

Ya Manuel Rosales tuvo su oportunidad. ¿pretenderá ganar simpatías nacionales cuando lo esposen apenas baje del avión? ¿Cuándo lo recluyan en Ramo Verde o que le hagan la maldad de remitirlo al Rodeo II? Será que como buen adeco se acuerda que la primera condición de quienes aspiraban a cargos públicos por Acción Democrática era el haber sido presos por la dictadura gomecista o la perezjimenista y ahora viene por su carta aval?

Bastante fuera de lugar me parece el regreso ese que, no creo que sea tanto por exigir justicia en su caso sino por los réditos políticos que pueda alcanzar…y a lo mejor en el comité de bienvenida estarán Borges y Petkoff…no se, a lo mejor!

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sábado, 2 de julio de 2011

Señor Presidente... arrepiéntase! (Padre Andrés Bravo)

Dudé mucho… pero mucho, para escribirle estas líneas desde mi condición de venezolano y cristiano. Yo tengo mucho temor a Dios. Esto significa que me da miedo ofender a mi Dios con mis acciones y palabras y no responderle al amor que Él me tiene. Yo trato en todo posible de no hacerlo. Como decía santo Domingo Savio, es preferible morir antes que pecar. Pero, cuando lo hago acudo enseguida al sacramento de la confesión, me arrepiento, pido perdón y, especialmente, trato de reparar mis errores. Yo pienso que no hay que hacer leña del árbol caído. Jamás desear un mal a nadie… pero a nadie, ni a nuestro peor enemigo. Y, aunque Usted no es mi enemigo porque en verdad procuro no tenerlo, le deseo no sólo su total salud corporal, sino, sobre todo, su salud espiritual. Cuando a san Alberto Hurtado, sacerdote chileno, le dieron la noticia de que tenía cáncer, exclamó con fe: “Dios ha sido tan bueno conmigo que me ha dado tiempo para purificar mi vida y arrepentirme de mis pecados”. Y cuando le preguntaban por su salud respondía: “contento, Señor, contento”. Señor presidente, yo le digo lo que Dios mismo le dijo a los israelitas por medio del profeta Isaías, vuelva a Dios mientras va de camino.

No quisiera que mis palabras le lastime el alma. Mucho menos que ofenda a sus humildes seguidores que son los que en verdad sufren por su enfermedad, no así sus secuaces que ya están pensando qué hacer para no perder sus privilegios. Yo rezo por Usted al Dios de mis Padres que es el mismo que Jesús de Nazaret me reveló en la cruz, a quien sigo, para que le convierta su corazón.

Presidente, lea bien lo que el Señor le está queriendo decir con este acontecimiento de su vida. La Iglesia católica, estoy seguro, le acoge con la misma misericordia del Padre eterno. No se alegra como lo hizo Usted con la enfermedad del Cardenal Velazco, no lo enviará al infierno como lo hizo Usted cuando el Pastor de Caracas murió. Tampoco mandará a tirar perros muertos y gritar insultos como lo hizo Usted en el entierro del valiente misionero Cardenal Velazco. Lo primero que hizo la Conferencia Episcopal, cuando Usted oficializó su estado de salud, es ordenar a todos los católicos que oráramos por su salud. Así lo haremos, estoy seguro. Les pediremos a nuestros amados cardenales Velazco y Rosario Castillo y al Sr. Brito, así como a los asesinados el 4 de febrero del 92 y el 11 de abril del 2002, para que intercedan por su salud ante el Señor de la historia.

Presidente… arrepiéntase. Pida perdón por la muerte del Sr. Brito y rectifique devolviéndole sus propiedades a su familia. Devuélvale las propiedades y las empresas confiscadas por su régimen. Deje libre a los presos políticos e invite a los perseguidos por usted a que regresen a nuestro País. Devuélvale sus trabajos a los numerosos despedidos injustamente de PDVSA y de otros lugares de trabajos oficiales. Llame a la reconciliación nacional. Ordene a sus secuaces a no atropellar a ningún venezolano. No echar gas del bueno ni del malo a los estudiantes ni a los familiares de los presos ni a los profesionales y obreros que reclaman justicia. No persiga más a los comunicadores sociales, no cierre más Medios de Comunicación Social y ordene abrir o devolver los cerrados o confiscados. Y muchas más acciones de su régimen que ha hecho sufrir al prójimo.

Presidente… estamos conmovidos por su enfermedad. Pero conmuévase usted por la enfermedad de muchos presos políticos que se les están negando sus derechos humanos más elementales de asistencia médica.

Repito, que mis palabras no lo ofendan. Pero insisto en mi invitación a convertir su corazón y reparar sus pecados. Nada sana y libera más que el perdón. Dios lo cuide presidente y proteja a mi pueblo de la tiranía.


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viernes, 25 de marzo de 2011

Phishing descarado y al voleo (Alerta Bco. Provincial)



Me acaba de llegar un correo del Banco Provincial (¿?) pidiéndome reactivar la clave de acceso al servicio de banca electrónica. Tengo entendido que los bancos JAMÁS solicitan datos personales ni claves en correos electrónicos, pero lo verdaderamente curioso es que ni tengo ni he tenido nunca cuentas en el Provincial.

El correo tiene como dirección de envío PROVINCIAL - PROVINET y me solicitan hacer un enlace a una dirección provincial.com.au.ms que ya se ve rara por demás.

Este tipo de correo phishing no es mas que un caza-bobos y es mejor ignorarlo si no quieres que te vacíen tu cuenta en un 2 X 3.

He tratado de comunicarme con el banco pero no encuentro una dirección que no sea solo para cuenta-habientes.

Les alerto mis amigos y amigas, no se dejen engañar por correos de este tipo. Siempre es preferible una oficina de un banco que un correo sospechoso y evidentemente fraudulento

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viernes, 4 de marzo de 2011

Laureano Márquez: 200 años no es nada

El miércoles de esta semana se cumplieron doscientos años de la instalación del primer Congreso venezolano. En cualquier país donde las instituciones civiles tengan fuerza y trascendencia, la fecha habría estado acompañada de una magna celebración. Pero nosotros sólo celebramos guerras, golpes y revueltas, con razón decía Bolívar que "Venezuela es un cuartel".

Pasó por debajo de la mesa la instalación del Congreso que nos dio la Independencia y donde Venezuela dio sus primeros pasos.

Algunos con mucho tino. Por ejemplo, el Congreso de 1811 decidió que el Poder Ejecutivo estaría en manos de un triunvirato, esto es, tres personas que se turnaban semanalmente en la presidencia. ¡Es lo máximo!, como dirían los chamos. Ustedes se imaginan tener un presidente semanal: ¿Cómo le echas la culpa al gobierno anterior si en la cuarta semana tú serás tu propio gobierno anterior?; una presidencia semanal es una excelente idea para un país sin continuidad administrativa; un gobierno que dure una semana no te permite siete horas de cadenas diarias, porque se te va el período en hablar (aunque pensándolo bien, igual se te pueden ir 12 años en eso).

Así sería el temor que tenían los primeros legisladores a la tiranía, para llegar a dividir tan exageradamente el poder. ¿Será que avizoraban algo?, ¿qué dirían hoy del docenio? En ese Congreso se votó la Independencia. Sólo una persona se opuso: el presbítero Maya, quien, a pesar de ser diputado por La Grita, habló sereno.

Sus argumentos eran que sus electores no lo habían facultado para tomar tal decisión, sino para ver cómo se conservaban los derechos de Fernando VII, cuya protección habían jurado todos. Maya insistía en honrar el juramento, cosa que sólo él hizo al final.

Allí se inicia la tradición de que los juramentos en el Congreso no son cosa de fiar y que las fidelidades en Venezuela son relativas, que el salto de talanquera tiene historia y abolengo.

Sin embargo, al diputado Maya nadie lo mandó al carajo ni a callar. Nadie lo insultó, no lo ofendieron desde las barras, ni lo estaban esperando afuera para caerle a golpes.

Este primer Congreso decretó la soberanía popular "imprescriptible, inenajenable e indivisible", no eran afectos pues a leyes habilitantes. Decretó también que la ley y la virtud serían las normas de la vida ciudadana, quizá por eso aparecen en la primera estrofa de nuestro himno, que se asemeja más bien a un inventario de todo lo que nos falta. Este miércoles era como una fecha propicia para sacar cuentas de cuán distantes estamos del proyecto original que concibió el grupo de personas que suelen llamarse los "padres fundadores". Ellos afirmaron que la felicidad común era el objeto de la sociedad. Parece que el debate continúa. Señores diputados, se reinicia la sesión. El derecho de palabra está abierto, al fin y al cabo, para nosotros 200 años no es nada.


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domingo, 30 de enero de 2011

CAVIM hizo KABOOM!


Nos despertamos con el horroroso acontecimiento de las explosiones en la Fábrica de Armas y Municiones CAVIM, situada muy inconvenientemente en plena ciudad de Maracay, estado Aragua. Desde casi las 5 am y exclusivamente vía Twitter recibimos informaciones de primera mano y de testigos presenciales en las que, con la fuerza de 140 caracteres nos narraban la angustia de tener que ser evacuados por la peligrosidad de la situación, el estruendo de las continuadas explosiones, la incongruencia de las declaraciones “oficiales” acerca del número de heridos (El Aissami hablaba de 40 mientras que el gobernador anunciaba sólo 3). Como iba creciendo el número de zonas evacuadas con un saldo de mas de diez mil personas: Tapa-Tapa, Caña de Azùcar, 23 de enero, San Vicente, la Romana, la Coromoto, por ahora…

Mientras VTV, la televisora del gobierno se esfuerza en anunciar que “todo está controlado” los comentarios del Twitter afirman que las explosiones no han terminado, los bomberos esperan que vuele todo para poder entrar, el paso de entrada a Maracay por el estado Carabobo está cerrado al igual que la carretera a Mariara y la ARC.

Ya vendrán los resultados de los peritos en incendios, sin descartar las primerísimas, consuetudinarias y destempladas acusaciones de sabotaje de la oposición apátrida, los planes de la CIA y el imperio con las que se suele explicar a las focas las equivocaciones del propio gobierno, lo cierto es que de las causas, por ahora nada, pero no podemos obviar ciertas ideas que rondan de manera inquietante:

1.- Los polvorines, fábricas de armas y municiones NO PUEDEN ESTAR UBICADOS en ciudades ni centros poblados.

2.- Es inconveniente tener refugiados en centros militares

3.- Si las explosiones ocurrieron en una fábrica con muchos años de experiencia no quiero imaginarme lo que podría ocurrir en una Planta Nuclear de la que no tenemos ni p… idea de cómo se mantiene ni como se cuida ni nada (por cierto que ya le sucedió a los gringos en 3Mille y a los rusos en Chernobyl).

4.- Los medios alternativos, Internet y twitter, siguen siendo las mejores vías para conocer, de primera mano las informaciones relevantes.


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viernes, 28 de enero de 2011

¿La zulianidad todavía existe?

Yo no creo en la actual zulianidad como espíritu colectivo. Hubo un momento en la historia regional en que los prohombres tuvieron la iniciativa de desarrollar al Zulia y crearon hospitales, centros de salud y ancianatos, fundaron bancos, desarrollaron el agro, inauguraron casas comerciales, levantaron liceos y universidades, abrieron diarios y emisoras radiales, promovieron la sociedad civil en todos sus ámbitos porque se pensaba verdaderamente en el Zulia y su gente. Personas con una visión mas allá del mezquino interés y las bajezas políticas hicieron que el estado fuera polo de desarrollo y lo colocaron como punto destacado en el mapa nacional.

Y aún con todo y eso siempre fue una parcial zulianidad porque la mayoría de las iniciativas redundaban en la ciudad de Maracaibo, haciendo la honrosa salvedad de quienes lo arriesgaron todo por sembrar, cultivar, y criar ganado en las agrestes zonas de Perijá y el Sur del Lago por ejemplo. El resto se dedicó a engrandecer solo a Maracaibo. Ni siquiera los campos petroleros en aquel boom de riqueza negra, que supieron guardar celosamente tras una cerca las residencias de los holandeses, ingleses y norteamericanos de la contaminación criolla, reducida a campos de miseria, a burdeles con apariencia de pueblo (Lagunillas, por ejemplo) pudieron llevar dignidad al obrero zuliano.

De aquel tiempo hasta ahora ¿ha habido un cambio sustancial para mejor? nuestro banco insignia llevado a la quiebra, hospitales colapsados, fincas y granjas expropiadas, emisoras radiales también, diarios entregados groseramente a parcialidades políticas, las universidades estranguladas con el chantaje del presupuesto, el estado pareciera en manos de sicarios, ladrones y malvivientes, la mendicidad crece como el monte, las empresas se ven constreñidas a cerrar sus puertas y todo el interés se reduce a una pelea entre gobierno regional y gobierno nacional en un cuento de nunca acabar. La promoción de empleo “digno” ha quedado en las nóminas de la gobernación, las alcaldías, las empresas del Estado Venezolano y se utilizan mas por proselitismo político que por el deseo de crear una prosperidad duradera; ni siquiera un título universitario garantiza nada hoy en día… parece que mas garantiza montar un puesto de perros calientes que el estudio tesonero y liberador.

Zulianidad que junto al regionalismo parecieran ir de la mano hacia el barranco. Cuando antes hablar de regionalismo era sentirse orgulloso de ser de aquí y vivir aquí, ahora regionalismo ha quedado para identificar la vulgaridad, la grosería, la falta de respeto ¿Qué son palabras duras?, mas bien me quedo corto… vaya ud. a uno de esos lugares de los que los zulianos se han apropiado como zonas de “esparcimiento” o “vacacionales” como la ciudad de La Puerta o la Mesa de Esnujaque en el vecino Trujillo y pregúntele a cualquier lugareño que le de su opinión acerca de los “maracuchos” (y menos mal que no dicen “zulianos”) y entenderá lo que le digo.

Al principio dije no creer en la actual zulianidad como espíritu colectivo porque pareciera que el concepto ha quedado reducido a un grupo (cada vez menor) de personas que sí quieren la región, mientras que el “colectivo” se ha entregado al abandono y ha cambiado la zulianidad y el regionalismo por un feo adefesio, una mala caricatura de lo que antes enorgulleció a todos.

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Laureano Márquez: To golf or not to golf (That is the question)

A Jhonattan Vegas, orgullo de Venezuela

Una de dos: Yo estoy loco de perinola y ya estoy "escuchando visiones" o "Canuto está mal" por la cercanía de su vencimiento (o como ciertos productos, se echó a perder antes de la fecha de caducidad), lo que le hace incurrir en contradicciones que hasta sus propios copartidarios, en ejercicio de sana reflexión, tendrían que reconocer.

Lo de Jhonattan Vegas, en otras circunstancias no pasaría de ser un aprovechamiento oportunista de los logros de un deportista para beneficio propio, bastante usual en los políticos. Sin embargo, en nuestro caso tiene mucho que ver con el espíritu demagógico, con la manera de proceder cambiando a conveniencia el pasado, que ha caracterizado esta etapa de nuestra historia.

Si yo no estoy mal de la cabeza, tengo doce años escuchando un discurso en contra del golf y en contra de los campos en los que el mismo se practica (advierto que no he jugado golf en mi vida, para ahorrar a los "de tractores" en contra de los argumentos esta vía de descalificación): Que si es un deporte de gente rica, que sus campos deben ser eliminados, como deben ser eliminadas todas las piscinas de Petare, menos la de La Casona, naturalmente, de la cual nunca se habla.

Que en los terrenos de golf podrían construirse casas para los que no la tienen, haciéndonos creer que el problema de la construcción de viviendas es de espacio y no de incapacidad estructural para gobernar.

En fin, todo eso lo escucharon estos oídos que algún día se esparramarán por el paso de las Termópilas.

De modo que frente a lo de Jhonattan Vegas yo esperaba, conociendo al personaje, un discurso más o menos así: "...Bueno, ahí tienen a Jhonattan Vegas, ja... un hombre humilde, jugando un deporte de gente rica... ¿Ves, compadre?... Ahí está el problema de la conciencia social... ahí está el problema... muchos revolucionarios lo que quieren es ser ricos, ser como ellos, compadre... ¡¿Ah comadre?!... ¿ese muchacho que cargas ahí es tuyo?... ¿Cuántos tienes?... ¿cinco?... tienes que tener dos más...

¿le estás dando teta?... Dale teta... No, a Jhonattan no, chica, a tu hijo... Bueno, entonces el problema no es ser rico, no es copiar lo que ellos hacen, Jhonattan, pseudo escuálido... traidor a tu clase... Ahora y que jugando golf... ¿Dónde se ha visto pobre jugando golf, compadre?... ¿negro jugando golf ?... ¿Ah diputado?... ¿Qué te parece?...

Eso es de ricos, que tienen esos terrenoooootes para jugar ellos solitos. El pobre, el pobre no, el pobre es el que carga los palos, compadre... ¿Cómo es que se llama? ...¿Cádiz?... ji,ji,ji... Ah caddie, sí, eso... una palabra gringa, como el golff... así lo llaman, golffff, se llenan la boca con la efe... Y ahora se va al imperio a jugar allá, ¡¡¡seguro financiado por la oposición golpista!!!... a que los gringos le den un premio de un torneo.

Pues yo digo: ¡Nunca más se jugará al "golf" en esta tierra de Bolívaaar...! ¡Los terrenos son del pueeebloo!.." (Lo habrían aplaudido igual) Sin embargo, lo que oí fue esto: "Yo no soy enemigo del golf, por ahí andan los escuálidos diciendo `¿qué dirá ahora?’, yo no soy enemigo del golf... Jhonattan...

adelante viejo... y además `negrito’ como Obama... se parece a Obama. Bueno, no, Obama es más delgado... Le ganó a todos los gringos... yo jugaba golf. Yo jugaba golf en Sabaneta... Desde los cinco años comenzó en los campos petroleros de Morichal, allá en Monagas, porque su papá... trabaja allí." Según el DRAE, contradicción es "Afirmación y negación que se oponen una a otra y recíprocamente se destruyen" (como todo lo suyo, como su accionar sobre el país). Parafraseando a Hegel, podemos decir: "Hoy he visto el espíritu de la contradicción pasar frente al hoyo 18".


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martes, 11 de enero de 2011

EXHORTACIÓN PASTORAL de la CONFERENCIA EPISCOPAL VENEZOLANA


INTRODUCCIÓN

1 Al comenzar este Año Bicentenario de la Declaración de la Independencia, los Arzobispos y Obispos de Venezuela saludamos y bendecimos afectuosamente a todos los venezolanos, y les hacemos una cordial invitación a crecer en la esperanza y la confianza en Dios, Padre misericordioso, Señor de la historia. La celebración de la Navidad nos ha recordado que “Dios es amor” (1) y que Jesucristo está con nosotros, para comunicarnos vida, paz y felicidad plena y eterna.

2. Reunidos en nuestra XCV Asamblea Ordinaria queremos compartir con todos los fieles católicos y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad nuestra preocupación sobre la actual situación del país, al cual servimos con nuestra misión pastoral. Igualmente nos proponemos iluminar a la luz del Evangelio de Jesucristo, de la Doctrina Social de la Iglesia y de los principios éticos universales, la difícil coyuntura histórica que vive hoy nuestra patria. Nuestro presente llamado a la unidad, la libertad y la paz quiere ser una contribución al entendimiento político y social, a la edificación de una sociedad fundamentada en el respeto a la vida y a la dignidad de toda persona, en el imperio de la verdad y de la justicia, en el pluralismo, la inclusión social y la democracia.

SOLIDARIDAD CON LOS DAMNIFICADOS

3. Ante todo, expresamos nuestro afecto y más viva solidaridad con las víctimas de las copiosas lluvias caídas en la mayor parte del territorio nacional durante los últimos meses del pasado año 2010. Ellas, y la carencia de una política de prevención y de planificación sostenida que minimice los efectos de las catástrofes naturales, han ocasionado la lamentable pérdida de algunas vidas humanas y de numerosas viviendas, especialmente de compatriotas de escasos recursos materiales. Damos gracias a Dios por la solidaridad y diligencia que han demostrado con nuestros hermanos necesitados los organismos del Gobierno tanto nacional, como estadales y municipales, así como instituciones, asociaciones privadas y personas particulares. La acción solidaria de la Iglesia no se hizo esperar. Numerosas parroquias, escuelas e instituciones han sido centros de acopio, y recibieron en sus instalaciones a los damnificados. Caritas de Venezuela recibió toneladas de alimentos y artículos de primera necesidad, provenientes de comunidades parroquiales y de entidades privadas, y distribuyó dicha ayuda a nuestros hermanos, sin ningún tipo de discriminación social, religiosa o ideológica.

4. Ahora, pasada la etapa de la emergencia, es necesario que el Estado realice un trabajo serio, responsable y eficaz para solucionar problemas estructurales de vialidad y vivienda. Además, mientras haya damnificados en los refugios, los venezolanos hemos de apoyarlos con nuestra solidaridad concreta. En este sentido pedimos a los agentes de pastoral, y a los grupos apostólicos organizarse para continuar aliviando el sufrimiento de nuestros hermanos. Recordemos que en cada persona, y especialmente en los más necesitados, encontramos a Nuestro Señor Jesucristo, quien nos exige amar preferencial y desinteresadamente a los pobres.

DOSCIENTOS AÑOS DE LA DECLARACIÓN DE INDEPENDENCIA

5. El 5 de julio de este año 2011 celebraremos, Dios mediante, el Bicentenario de la Declaración de nuestra Independencia como nación. Ya en enero del año pasado, el Episcopado venezolano publicó una Carta Pastoral donde compartía con la comunidad nacional algunas reflexiones sobre el significado y actualidad de este acontecimiento para la Venezuela contemporánea. Hoy queremos recordar que aquella solemne Declaración de 1811 comenzaba invocando y poniendo a Dios por testigo de la rectitud de sus propósitos, manifestando explícitamente su ubicación dentro del marco espiritual de la tradición cristiana e inspirándose en ideales de libertad y de justicia, de unidad y de paz.

6. Los fundadores de la República emprendieron, con valentía y sacrificio, el largo camino de construir una nación libre, soberana e independiente, fundamentados en el respeto de la dignidad y en la vocación a la libertad de toda persona. El mejor homenaje que hoy podemos tributar a su memoria es honrar y profundizar, en nuestras leyes y en nuestras instituciones republicanas, los ideales que los inspiraron para buscar el bien de la Patria, y respetar la voluntad y decisión del pueblo.

LA SITUACIÓN POLÍTICA Y SOCIAL

7. En este sentido, los Obispos de Venezuela consideramos un ineludible imperativo ético y legal el respeto a la letra y al espíritu de la Constitución vigente. Ella es el fundamento jurídico del estado de derecho y la garante principal de los derechos del pueblo y de cada persona en particular, de la convivencia pacífica entre los ciudadanos y del correcto funcionamiento de las instituciones públicas y privadas.

8. Ahora bien, en diciembre pasado, en medio de la calamidad pública provocada por las persistentes lluvias, y durante el acostumbrado receso de actividades, el Gobierno y la Asamblea Nacional priorizaron una agenda ideológica destinada a la implantación de un sistema socialista y totalitario de Estado y de gobierno contrario a la vigente Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, aprobada por votación popular el 15 de diciembre 1999. Recordemos que la propuesta de reforma para adecuarla al actual proyecto ideológico del Ejecutivo Nacional, que excluye y discrimina a quienes no compartan la ideología socialista, fue rechazada por la voluntad del pueblo expresada en el referendum del 2 de diciembre de 2007.

9. En ese marco se ha dictado una ley habilitante que confiere poderes especiales al Presidente de la República para legislar por un lapso de 18 meses con la justificación de la gravísima emergencia de infraestructura en vialidad y viviendas provocada por las lluvias. Esta ley confiere al Presidente poderes especiales para legislar en aspectos que nada tienen que ver con dicha emergencia, y delega en el Ejecutivo una facultad extraordinaria, más allá del período para el cual fueron electos los anteriores diputados, limitando así a la nueva Asamblea Nacional en una de sus facultades esenciales. Esto es un inaceptable desconocimiento de la voluntad popular expresada en las elecciones legislativas del pasado 26 de septiembre.

10. La Asamblea, en menos de un mes, aprobó veinticinco leyes, muchas de las cuales contienen disposiciones que restringen derechos y garantías de los venezolanos, e incorporan propuestas de la reforma a la Constitución que fueron rechazadas por el pueblo en el referendum del 2 de diciembre de 2007. Nos preocupan, entre otras, las así llamadas “leyes del Poder Popular”, que confieren atribuciones a las “comunas, directamente vinculadas al Ejecutivo Nacional, con menoscabo de la forma federal descentralizada del Estado, pues no se corresponden con la organización político- territorial de la República establecida en la Constitución, crean unas estructuras nuevas, con un contenido ideológico excluyente, centralizador y presidencialista, e invaden el ámbito de competencias de las Gobernaciones, Alcaldías y Parroquias.

11. Leyes relacionadas, entre otras cosas, con las telecomunicaciones y la responsabilidad social de radio y televisión, con Partidos Políticos, con las Universidades – ley aprobada por la Asamblea y devuelta por el Presidente -, conllevan limitaciones a derechos fundamentales de los ciudadanos, condicionan la libertad de conciencia y pretenden afianzar el pensamiento único y la hegemonía comunicacional del Gobierno. Por otra parte el Ejecutivo prosigue las expropiaciones, sin cumplir los procedimientos establecidos en la Constitución, atentando así contra la propiedad, derecho inalienable y constitucional de cualquier persona.

12. Las nuevas leyes poco tienen que ver con los problemas reales del país. En efecto: la situación de Venezuela es ya muy grave por el auge incesante de la inseguridad y de la violencia que impera especialmente en las grandes ciudades y en las zonas fronterizas; por la contracción económica, y el progresivo endeudamiento del país; por el inmenso déficit de viviendas y los problemas en la vialidad; por el encarecimiento continuo del costo de la vida que afecta especialmente a los más pobres, y los problemas de suministro de alimentos; por la inhumana situación de las cárceles y la deficiente administración de justicia, caracterizada por el retardo procesal en la mayoría de los juicios. En vez de resolver estos problemas, las recientes leyes crean una gravísima situación política, pues con ellas se pretende imponer a los venezolanos un sistema socialista estatizante y totalitario, que amplía el círculo de la pobreza, y agudiza la dependencia del pueblo respecto de un poder centralista. Desde el punto de vista ético, consideramos que esta manera de proceder no resuelve los problemas de la gente, cercena algunos de sus derechos, e irrespeta y desconoce la voluntad popular mayoritaria expresada reiteradamente por medio del voto.

13. La Asamblea realizó además una nueva modificación al Reglamento Interior y de Debates que minimiza al Poder Legislativo como institución democrática de representación, control y legislación, pues no sólo reduce las posibilidades de intervención de los diputados, sino que obstaculiza el funcionamiento del Parlamento, institución esencial del sistema democrático.

14. Como ciudadanos, como cristianos y pastores de la Iglesia, los Obispos no podemos callar. Jesús nos enseña que el poder no debe ser ejercido como un dominio sobre los demás, como si los gobernantes fueran dueños de las naciones, sino más bien como un servicio a todos. Por lo tanto, para nosotros los cristianos el poder no es un fin en sí mismo. Es un servicio de los gobernantes al bien común de todos los ciudadanos. Las autoridades del Estado no pueden asumir el control total de la vida de las personas, y tampoco establecer las condiciones para eternizarse en el ejercicio del poder. Es contrario a los valores cristianos, a los derechos humanos y al sentido común destruir al que piensa diferente, o condenarlo al silencio.

15. Nos preocupa hondamente la nueva radicalización política, pues sin duda provoca una gravísima situación de conflicto. En 1998, La Conferencia Episcopal Venezolana manifestó su rechazo a cualquier tentación totalitaria (10). Ahora nos encontramos ante la pretensión de imponer un sistema político socialista-marxista y totalitario, contrario al sistema democrático consagrado en la Constitución de 1999, y reafirmado con el rechazo a la propuesta de reforma constitucional. Los Obispos consideramos que esta imposición es moralmente inaceptable, pues ofende la dignidad de cada persona, creada a imagen y semejanza de Dios, desconoce la soberanía popular y vulnera gravemente el bien común, la institucionalidad democrática y los derechos de los venezolanos.

TRABAJAR POR LA PAZ : EXIGENCIA IRRENUNCIABLE

16. Por ese motivo hacemos un respetuoso pero apremiante llamado al Gobierno Nacional y a los dirigentes del partido de gobierno a que tomen conciencia de la peligrosa situación que están generando, y de la gravísima responsabilidad que tienen ante Dios y ante el país. Les pedimos respetar las exigencias democráticas del pueblo venezolano plasmadas en la Constitución de 1999, y rectificar su propósito de establecer la hegemonía absoluta del Estado sobre todos los espacios y aspectos de la vida de Venezuela. Esta pretensión compromete la libertad, la justicia y los derechos constitucionales del pueblo. Sería un gesto positivo para la estabilidad democrática si, en acatamiento a la voluntad popular expresada en las elecciones legislativas del pasado 26 de septiembre de 2010, se devolviera a la Asamblea Nacional todas sus facultades legislativas.

17. A los otros actores políticos los convocamos a trabajar firme y democráticamente en defensa de los derechos de los ciudadanos descartando cualquier tentación de fuerza. A los líderes del Gobierno y de la oposición los llamamos a la sensatez y a la reflexión, al diálogo verdadero, y a promover el encuentro y la unidad entre todos los venezolanos. Todos debemos resolver los conflictos de manera pacífica y estamos obligados a trabajar por la paz. Por supuesto, los líderes políticos deben trabajar desinteresada y democráticamente en la promoción y defensa del bien común, y de los derechos y aspiraciones del pueblo venezolano. Igualmente, los otros actores sociales, empresariales, laborales, culturales, y comunicadores sociales, tienen una responsabilidad que han de ejercer cabalmente. Todo actor social debe escuchar a la gente, estar con ella, defender sus derechos y trabajar por el bien común.

18. A quienes se sienten agredidos y angustiados por la actual situación política les corresponde constitucionalmente participar en forma responsable y activa, de manera pacífica y democrática, pero firme y decidida, en la promoción y defensa de sus irrenunciables derechos, de la libertad, de la justicia y de la paz. Todos los ciudadanos y, de manera particular los cristianos, estamos llamados a dar nuestra contribución al bien común, exigiendo con firmeza el respeto del orden constitucional y legal, y colaborando a la resolución pacífica de los conflictos. Esta es la actitud que esperamos marque el ejercicio legislativo y contralor de la recién instalada Asamblea Nacional. Nadie debe delegar en otros su propia responsabilidad de ser constructor de la paz.

19. Por nuestra parte, los Obispos de Venezuela, pastores y hermanos de todos sin distinción de ningún tipo, y consagrados por vocación al servicio de nuestro pueblo, manifestamos nuestra indeclinable disponibilidad a trabajar por Venezuela, a ser factores de unidad, y a ejercitar y a promover el diálogo constructivo entre todos los sectores de la sociedad.

CONCLUSIÓN

20. En este Año Bicentenario fortalezcamos la esperanza en Dios, fuente de todo bien, y trabajemos decididamente por una sociedad fraterna y solidaria, justa, libre y pacífica, como la que soñaban los Padres de la Patria hace doscientos años. Es preciso que todos los sectores políticos y sociales descarten la violencia verbal, legal o física como medio para resolver los problemas. Hacemos un llamado a desterrar el odio y la discordia, el revanchismo el insulto y las consignas de muerte. Se ha de respetar incluso a quienes tienen opiniones políticas diferentes. Todo se pierde con la violencia. Todo se gana con el respeto, el diálogo y el encuentro cívico y fraterno.

21. Escuchemos las palabras de Jesucristo: “Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados los hijos de Dios” (12). Oremos intensa y confiadamente a Cristo, “Rey pacífico” (13), para que nos conceda a todos ser esforzados constructores de la paz. Colocamos estas intenciones en las manos amorosas de María Santísima, Nuestra Señora de Coromoto, a quien rogamos interceda por el futuro, la prosperidad y la reconciliación de todos los venezolanos. ¡Dios bendiga a su pueblo con la paz!

Con nuestra afectuosa bendición episcopal

Caracas, 11 de enero de 2011.

Los Arzobispos y Obispos de Venezuela.

Invitamos a que este documento sea difundido y estudiado en las parroquias, en los institutos educativos de la Iglesia, en los movimientos apostólicos, en las Universidades católicas y en las diversas instituciones eclesiales


viernes, 31 de diciembre de 2010

Giordani, que abrazo de Año Nuevo nos diste...


No soy ni economista ni matemático…los números me dan dolor de cabeza y apenas si recuerdo mi número de cédula. Una de mis angustias es utilizar un cajero automático de esos que te piden ingresar aleatoriamente o los dos primeros o los dos últimos números de la cédula… me ha sucedido en algunas oportunidades que por titubear se anula el proceso y tengo que empezar de nuevo a introducir la tarjeta en la ranura.

Mis conocimientos en matemáticas son los básicos que aprendí en primaria y los dos primeros años de bachillerato…de allí en adelante, las ecuaciones de 1º, 2º ó 3º grado, las derivadas, despejar el valor de X, encontrar el mínimo común múltiplo o el máximo común divisor, hacer una simple regla de 3 se convierten para mí en galimatías similares a un texto chino del siglo XV (en realidad, de cualquier siglo), mucho mas las diferentes teorías y fórmulas ante las que tengo que inclinar la cabeza reconociendo mi propia ignorancia.

Pero hay un conocimiento al que no puedo escapar, aunque no lo pueda explicar en fórmulas y es al sentido práctico de las matemáticas, ese sentido que se manifiesta en el bolsillo. Lo poco que gano se queda totalmente en una farmacia, en un abasto y en una bomba de gasolina… X = 0 en la que X son los cobres y 0 es mi bolsillo. No tengo capacidad de ahorro, y no porque no quiera o porque sea un botarate sino porque luego de lo esencialmente fundamental no me queda nada!

Ayer Giordani, flamante ministro de las finanzas y la economía, vino a convertirse en una luz esclarecedora de mi pobreza matemática, y me enseñó una nueva fórmula
2,60 = 4,30 = ECDSM en la que 2,60 era el valor del dólar para los productos subsidiados como la comida y las medicinas, 4,30 es el nuevo valor del dólar para los mismos productos subsidiados, y las incógnitas son E = El; C = COÑO; D = DE;… y así sucesivamente.

Con un presupuesto nacional estimado en 40$ por barril de petróleo pero que en realidad está cercano a los 100$ (¿la diferencia a dónde va?), el anuncio del aumento del IVA y del IDB, ¿qué necesidad hay de subir casi al doble el valor del dólar para importar alimentos y medicinas especialmente porque quienes sufrirán las consecuencias serán quienes menos tienen? Y si me dijeran que los alimentos importados son exquisiteces como el caviar, el faisán, el bacalao, Whisky, Brandy, kiwis, peras y manzanas, pero es que en Venezuela no se produce nada y la mayoría hay que importarlo (ya el escándalo de PUDREVAL lo demostró), especialmente mas ahora que cientos, miles de hectáreas de cultivo quedaron arrasadas por las lluvias e inundaciones. Aquí el café viene de Nicaragua, los pollos son brasileños, la carne es argentina, las caraotas y los ajos son chinos, el arroz es del altiplano boliviano, los quesos son paraguayos… quienes de verdad se vendrán beneficiando no son los pobres de este país que tendrán que pagar casi el doble por los mismos productos de la dieta básica sino los países del Alba y en materia de medicinas, los grandes laboratorios transnacionales.

Si todavía a algún pío lector le parece injusta la ecuación cuyo resultado final es ECDSM, quisiera reportarles la razón que esgrimió Giordani para eliminar el dólar a 2,60:
“Esta decisión nos va a permitir una simplificación del manejo de esta situación y no tenemos duda que va tener una serie de significaciones en términos de la economía nacional”

El todo es simplificar el manejo de la situación…pero, ¿quién nos simplifica la vida? ¿porqué tenemos que pagar aumentos desconsiderados para que las ganancias se las lleven Bolivia, Brasil, China, Nicaragua, Cuba y Argentina y los beneficios sean solo para ellos?

A escasas horas del cañonazo, prepárense para abrazar a quienes mas puedan, porque el año que viene, o expropian los abrazos o los suben de precio, cambien las uvas por mamones y el pernil por mortadela, sustituyan las aceitunas y alcaparras de las hallacas por cubitos cortados en pedacitos, que son igual de salados…mientras se consiguen.

ECDSM

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lunes, 27 de diciembre de 2010

Moisés Naim: "CAP, un hombre defectuoso"


Carlos Andrés Pérez murió desterrado, con su reputación dañada, su partido político en ruinas y su intento de modernizar a Venezuela fracasado. Es fácil imaginar que la acusación que más le dolía es que sin él, y sus muchos errores, el teniente coronel y la tragedia histórica que este representa se hubiesen podido evitar.

No hay dudas de que Carlos Andrés Pérez es culpable de muchas de las acusaciones que se le hacen. Pero tampoco hay dudas de que este hombre tan defectuoso fue un venezolano excepcional y un gigante moral y políticamente superior a la gran mayoría de sus acusadores. ¿Se imagina usted a alguno de quienes lo defenestraron políticamente ­el teniente coronel, los tristemente célebres notables, los dueños de los medios de comunicación, sus columnistas, los grupos económicos o los demás líderes políticos del momento­ tomando voluntariamente medidas que reducen su poder? Carlos Andrés Pérez podía nombrar a dedo a gobernadores y alcaldes; en cambio, promovió las reformas que permiten a los ciudadanos elegirlos directamente. Obviamente eso redujo su poder. Él lo sabía y, sin embargo, lo hizo. Al llegar en 1989 a su segunda presidencia, heredó un sistema económico que le daba al Gobierno ­y a él­ todo el poder sobre la economía. El Gobierno decidía qué empresas privadas podían tener acceso a dólares baratos y cuáles no; qué periódicos y canales de televisión podían importar insumos y a qué precio; a cuánto se podían vender desde los huevos hasta el hielo. No es de extrañar que los medios de comunicación y los grandes grupos económicos vivieran postrados a los pies del Gobierno. Pérez abolió ese perverso sistema.

La mayor eficiencia económica y la eliminación de la inmensa corrupción, que es inevitable en ese sistema, constituyeron un gran avance. Pero este avance también ocurrió a expensas del poder presidencial. Hay muchos más ejemplos de cómo este líder tan vilipendiado fue cediendo poder voluntariamente guiado sólo por su convicción democrática. Casi instantáneamente, quienes antes mendigaban cargos, divisas o aumentos de precios utilizaron su nueva libertad para atacar sin misericordia a Pérez y su gobierno.

Como los tiburones que huelen la sangre en el agua, los más diversos actores ­desde los más primitivos gorilas a los más sofisticados "notables", de los políticos más oportunistas a los empresarios más avezados­ se lanzaron contra Pérez.

La avidez por el poder, el dinero o viejos resentimientos, miserias humanas insondables y, en algunos casos, la ideología actuaron como potentes estímulos para pequeños políticos súbitamente transformados en los formidables agresores que lograron sacar a Pérez del juego. Éste, convencido de que las reglas de la democracia había que respetarlas a toda costa, los dejó hacer. Se rehusó hasta el final a utilizar los tradicionales instrumentos del poder ­tan comunes en la Venezuela de antes y en la de hoy­ para defenderse de sus enemigos.

"Como no soy un acumulador de resentimientos, me equivoque al suponer que todos actuábamos así y que las diferencias y duelos políticos nunca serían duelos a muerte.

Me equivoqué", dijo en 1993, en su último discurso como Presidente. Y añadió: "No he perseguido a nadie. A nadie he hostilizado. Sin embargo, contra nadie se ha desatado una campaña tan sistemática, larga y obsesiva como la que se ha ensañado contra mí y mi gobierno. La he soportado con la convicción de que en las democracias son siempre preferibles los abusos de la oposición que los abusos del gobierno".

¿Se imagina usted a Fidel Castro, al Che Guevara o a sus más recientes imitadores actuando así? ¿Se imagina usted a otros presidentes venezolanos nombrando en cargos fundamentales a algunos de sus enemigos, tal y como lo hizo Carlos Andrés Pérez en más de una oportunidad? A Pérez le importaba más tener el aporte de sus más talentosos enemigos que cuán leales o desleales le podían ser. ¿Cuántos presidentes latinoamericanos puede usted nombrar que ante una campaña política para sacarlos del poder lo entregan voluntariamente y salen del palacio presidencial para ir a la cárcel, motivados sólo por el ánimo de proteger las reglas que separan la vida en sociedad de la barbarie? Su pasión por la democracia no terminaba en los linderos de su patria. Los demócratas de Latinoamérica, del Caribe y hasta España y Portugal han dado fe de que la eficaz intervención de Carlos Andrés Pérez fue determinante en los momentos más críticos de sus luchas. Mientras la Venezuela de hoy exporta apoyos a sanguinarias tiranías, como las de Irán, Cuba o Bielorrusia, la de Carlos Andrés Pérez exportaba libertad y democracia.

Este hombre tan defectuoso murió viendo como en su país sus ideales eran pisoteados a diario y su legado era despreciado hasta por quienes se beneficiaron de su obra. Pero los hechos son tercos y, tarde o temprano, afloran. La historia lo reivindicará como uno de los grandes líderes continentales del siglo XX. Paz a sus restos.

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domingo, 19 de diciembre de 2010

Mario Vargas Llosa: discurso de aceptación del Nobel


© FUNDACIÓN NOBEL 2010 Se concede permiso general para la publicación
en periódicos en cualquier lengua desde el 7 de
diciembre de 2010, a las 17:30

Mario Vargas Llosa:
Elegio de la lectura y la ficción
Discurso Nobel
7 diciembre de 2010

Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura– lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.

Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.

Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.

Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.

La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.

En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser– fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.

De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.

De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.

Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país –lo que tampoco tendría mucha importancia–, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.

Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de Africa del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si –el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan– el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.

Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!
La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.

Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso –triste consuelo– descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.

De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.

Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.

Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religión– provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.
No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.

El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban “el pie ajeno” –lindo y triste apelativo–, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño –la llamábamos el Barrio Alegre–, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.

El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.
Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió.

Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.

Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.

Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas.

La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).

La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.

Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar.

Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.

Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.

De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.

Estocolmo, 7 de diciembre de 2010.

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