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miércoles, 31 de marzo de 2010

Charito Rojas: "Fuera los Pilatos"

"¡La Iglesia de hoy no necesita 'cristianos a tiempo parcial', sino cristianos de una pieza!". Su Santidad Juan Pablo II (1920-2005) Papa de la Iglesia Católica.

Esta Semana Santa llega en el momento más delicado que ha tenido la Iglesia Católica desde que el Papa Pío XII fuera acusado de colaboracionismo con los nazis y los fascistas, acusación que ha sido solventada por el Vaticano con documentos en mano que demuestran la fina diplomacia de aquel Papa que supo preservar a la Iglesia en medio de una Guerra Mundial, haciendo buena la frase del doctor franciscano San Buenaventura, quien afirmó que "los caminos de Dios son inescrutables".

Estremecida por una cadena de denuncias de pedofilia, en las que estan involucrados obispos, sacerdote y hasta el mismo hermano del Papa Benedicto XVI, la Iglesia Católica ha optado por abrir sus puertas a las averiguaciones de autoridades locales y someter a juicio civil a quienes estén acusados de tal delito, así como solicitar la renuncia a obispos que se encuentren acusados. Actitud por demás justiciera y valiente la que ha adoptado el Papa, quien ha visto su salud seriamente quebrantada por esta oleada escandalosa. Algunos hasta se han atrevido a solicitar la renuncia papal, figura contemplada en el Derecho Canónico, cuyas únicas condiciones para que sea válida es que se haga libremente y que sea debidamente publicada. El Colegio Cardenalicio, como órgano supremo electoral, la recibiría y procedería a su aceptación, ya que no está contemplado un posible rechazo a la renuncia.

Una sola renuncia

Pero ningún Papa ha renunciado al cargo en los tiempos modernos. Sin embargo, referiremos un curioso hecho que sucedió el año pasado, después del terremoto en la región de L'Aquila, en Italia. Benedicto XVI honró, colocando el solio papal sobre el féretro con los restos mortales del Papa Celestino V, rescatados de la Basílica de Collemaggio que se vino abajo durante el sismo del 6 de abril. Celestino V, fallecido en 1296, monje benedictino, tras cinco meses como pontífice renunció voluntariamente y posteriormente falleció encarcelado por su sucesor, el Papa Bonifacio VIII.

¿Qué tiene de especial este papa? En la historia de la Iglesia tiene una controvertida carga simbólica: es el único pontífice que ha renunciado al cargo, angustiado por la responsabilidad y espantado de las confabulaciones curiales y políticas. Es el gran precedente de un Papa que dimite y en ese momento los medios italianos establecieron paralelismos entre estos dos Papas: ambos aceptaron el cargo por responsabilidad, sucedieron a grandes Papas y se ven agobiados a una edad avanzada por problemas de orden más que terrenal. Pero la renuncia de Celestino V, fue tomada por muchos como una traición a la Iglesia. El gran Dante Alighieri lo menciona como "Aquel que por vileza cometió el gran rechazo", mientras que el poeta Petrarca lo defiende como alguien "libre que no aceptaba imposiciones". Pero la historia lo sepultó como una leyenda negra, hasta que en 1966 el Papa Montini, Paulo VI, hizo una visita al castillo Fumone, donde murió encarcelado Celestino V, rehabilitándolo de alguna manera, pero también desatando nuevamente especulaciones acerca de una posible renuncia papal. Sus historiadores reseñan que Paulo VI fue un Papa especialmente abrumado por el peso de la tiara de sucesor de San Pedro e incluso, escribió una carta de renuncia para ser abierta sólo si perdía sus facultades.

De su caso y de Celestino V se volvió a hablar en los últimos años de Juan Pablo II, a la vista de sus problemas de salud. El propio Wojtyla pensó en la dimisión, pero decidió llevar su Papado hasta el final, convirtiéndose en un ejemplo heroico de fe y amor a Dios y a su Iglesia en la tierra.

El Papa 265

Benedicto XVI es el Papa número 265 después de San Pedro. Lleva sobre sus hombros no sólo la sucesión de un Papa ya llamado "El Grande", que va camino a la santidad, sino el peso de una Iglesia reflejo de todos los conflictos de estos tiempos modernos plagados de aberraciones e inhumanidad. Quienes esperaban que el temperamento alemán del Cardenal Ratzinger lo llevara a ser un Papa duro, de palabra prolija o carente de carisma, han recibido la sorpresa de un Pontífice desbordante de amor y de humanidad, un Papa que con la dulce sonrisa de un abuelo, pone las cosas en el mismo lugar donde las dejó establecidas Jesús para sus seguidores. La modernidad de Juan Pablo II, un Papa de un extraordinario carisma, un político nato, un diplomático de alto vuelo, jamás varió los conceptos eclesiásticos acerca de los temas más escabrosos del siglo: el aborto, la unión de homosexuales, el celibato de los sacerdotes. El Papa Ratzinger ha seguido el mismo camino, desde un punto fundamentalmente teológico pero absolutamente firme en la defensa de los planteamientos que garantizan la vida humana, la unión de las parejas y de las familias y la consagración del celibato como un servicio a Dios. Temas que los profanos entienden poco y combaten pero que los católicos de convicción comprenden y razonan como únicas vías para una sociedad sana y un ministerio sacerdotal puro.

La verdadera Iglesia

La Iglesia Católica está siendo duramente atacada por estos deleznables casos de pedofilia, pero no hay que olvidar que la Iglesia tiene más de dos mil años, es la más antigua, el tronco matriz de la cual se han separado otras Iglesias. Además, saquen esta cuenta: es la única Iglesia fundada por Dios en persona, a través de su hijo Jesucristo. Yo no sólo creo en esta verdad sino que también creo en la eternidad de la Iglesia Católica, como cuerpo orgánico de esa fe en Dios. ¿Cuantas veces la Iglesia Católica ha tenido malos Papas? Pues unos cuantos Papas han sido de temer, malos cristianos, tan dañinos como su poder. Y eso no ha destruido a la Iglesia. Es más, ¿cuantos católicos han sido malos reyes, malos presidentes, malos ciudadanos, malas personas? Ellos han sido el contraste entre lo bueno y lo malo, la eterna historia de la humanidad donde indefectiblemente la demostración de lo malo que es el mal (perdonen la redundancia) hace que triunfe el bien.

Tenemos a la mano unos cuantos ejemplos de lo que les digo: Hitler era católico; Mussolini pertenecía a la Acción Católica; Fidel Castro estudió con los jesuitas; Daniel Ortega, Evo Morales y Hugo Chávez se dicen católicos. Hay otros, que sin pasar a la vida pública, hacen mucho daño al prójimo, proclamándose católicos: los corruptos que roban dineros públicos que deberían destinarse a mitigar la pobreza; los políticos que mienten para obtener favores y votos; los esposos adúlteros, los padres irresponsables, los especuladores, los delincuentes. Bautizados en la Iglesia Católica, con Primera Comunión y matrimonios eclesiásticos y son grandes infractores de la ley de Dios, traidores a su fe y a su Iglesia.

La primera piedra

Muchos hoy quieren hacer leña de la Iglesia Católica, otros quieren que el Papa renuncie como si fuera el culpable de los delitos ajenos. A ellos hay que recordarles que dentro de la Iglesia Católica los malos sacerdotes y las malas monjas son la excepción y no la regla. A ellos hay que decirles que en los países más pobres como la India y en el Africa, hay misioneros religiosos y laicos, sacrificando sus vidas para llevar la luz de la fe, para humanizar en medio de la miseria, para tender esa mano caritativa como lo hizo la Madre Teresa de Calcuta, que veía a Dios en cada uno de los indigentes que recogía de la calle. A esos que hoy critican a la Iglesia Católica les pregunto a cuantos ha enseñado el Evangelio, cuantos niños ha educado, cuantas almas ha rescatado y llenado de esperanzas, cuantas acciones hermosas a favor de la humanidad ha realizado.

Para decir una palabra contra una Iglesia que tiene dos mil años evangelizando, educando a niños y jóvenes, ayudando a los necesitados, realizando cruzadas mundiales contra el hambre, inmolándose en nombre de Dios y a favor de la Humanidad, les recuerdo lo que dijo Jesús, doctor como el que más en derechos y leyes: "el que esté libre de culpas que lance la primera piedra".

Tremenda Iglesia

Igual que sus antecesores, Su Santidad Benedicto XVI sabrá siempre marcar el camino de la luz divina, la senda de la corrección, para supervivencia de esta Iglesia, a la cual me siento orgullosa de pertenecer. Es la Iglesia venezolana ejemplo digno de hombres y mujeres que defienden las libertades, que protegen los derechos humanos, que luchan valientemente por los preceptos de la convivencia y la paz. Me siento orgullosa de una Conferencia Episcopal cuyos pronunciamientos son un dechado de justicia y amor a Venezuela; del Cardenal Jorge Urosa, firme en su posición de rechazar cualquier violación a los derechos humanos y cualquier tipo de violencia, de intolerancia, de exclusión o discriminación; de los Obispos como Reinaldo Del Prette, siempre con la verdad por delante en defensa de los derechos de los valencianos; de Monseñor Roberto Löckert, un guerrero que no se amilana ante las amenazas; de Monseñor Baltasar Porras, firme como el acero en medio de las borrascas; de Monseñor Roberto Sipols, encaramado en un camión misionero, metido en los barrios de Valencia bautizando y sembrando núcleos católicos. Me siento orgullosa de pertenecer a esta Iglesia con dos mil años de una historia ligada a hombres y mujeres santas, que han hecho la diferencia entre la luz y la oscuridad. Si hemos sobrevivido a todos los Judas, Pilatos y malos cristianos que han plagado durante siglos el cuerpo eclesial, podremos sobrevivir a un escándalo que sin duda alguna la justicia terrenal resolverá.

Les deseo una Semana Santa cargada de reflexiones, que la placidez del Espíritu los colme y que todas las bendiciones caigan sobre nuestro país y nuestras familias, gracias al poder de la oración. Que Dios les Bendiga.

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Comunicado de la Conferencia Episcopal Venezolana ante la Semana Santa


1. Al llegar este año a la Semana Santa, tiempo fuerte de nuestra vida cristiana, durante el cual los católicos celebramos la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, nuestro Salvador, los Obispos de la Presidencia de la Conferencia Episcopal Venezolana (CEV), les invitamos a todos a aprovechar al máximo este tiempo de gracia para fortalecer nuestra fe, asistiendo a los oficios religiosos y realizando con generosidad obras de misericordia y de justicia.

2. Hacemos nuestra la preocupación del Emmo. Señor Cardenal Mons. Jorge Urosa Savino, expresada en su reciente Carta de Semana Santa, por las amenazas que se ciernen sobre nuestra fe y la Religión Católica por el creciente secularismo, los embates de la superstición, de la nueva era y del santerismo"; por los escándalos de algunos ministros de la Iglesia, divulgados por la prensa internacional y por el creciente espíritu antirreligioso difundido por la corriente atea marxista.

3 La Semana Mayor es también tiempo propicio para elevar, llenos de confianza, fervientes e insistentes plegarias al Padre Providente para que envíe la anhelada lluvia en las áreas más necesitadas y llegue así a su fin la prolongada sequía que tanto está afectando a nuestro país.

4. La Semana Santa es un tiempo propicio para reiterar nuestro llamado a todos los ciudadanos, a los gestores sociales y políticos y en particular a las autoridades de los distintos poderes del Estado venezolano a multiplicar las acciones que promuevan la convivencia ciudadana a través de la tolerancia y el respeto a los derechos humanos superando la tentación de utilizar el poder para privilegiar a unos en detrimento de otros, para restringir la libertad de opinión y acallar la disidencia.

5. Pedimos a Dios haga llegar su salvación liberadora a todos los habitantes de nuestro país, particularmente a los secuestrados, a los privados de libertad, a los excluidos. Que Cristo muerto y resucitado nos comunique su Espíritu para "construir la convivencia fraterna, amando a todos sin excluir a nadie, solidarizándonos con los pobres y trabajando por la reconciliación y la paz".


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viernes, 26 de marzo de 2010

VIA CRUCIS SACERDOTAL (estaciones XIII, XIV y XV) 26/03/2010

Vía Crucis Sacerdotal
Decimotercera Estación:
Jesús es descendido de la cruz y puesto en los brazos de su santísima Madre.

“Jesús al verlos llorar…se conmovió profundamente, se estremeció…y lloró”
(Jn. 11,33-35)

V/. Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Reflexión: Jesús que lloró por su amada ciudad de Jerusalén (cfr. Mt. 23,37), que sollozó por la muerte de su amigo Lázaro (cfr. Jn. 11,35), que acompañó a Jairo jefe de la sinagoga ante la muerte de su hija (cfr. Mc. 5,35-43), y se compadeció con la viuda de Naím en el sepelio de su joven hijo (cfr. Lc. 7,11-17), ahora es motivo de aflicción y congoja para los suyos. La beatífica enseñanza de Jesús ante los que lloran es “Dichosos los afligidos, porque Dios los consolará” (Mt. 5,4). La Virgen María es la afligida más impresionante del Calvario. Como madre amorosa y solidaria experimentó el dolor sentimental y emocional más terrible de los estremecimientos humanos: ver morir a un hijo. La vida humana se trastoca cuando el infortunio nos sorprende ante la muerte un ser tan querido y prójimo como son los hijos. La Virgen no escatimó un solo minuto de dolor y ni se restringió en su llanto. La escena adversa del Gólgota al momento de bajar a Jesús de la cruz le mereció el título de la “Dolorosa”.
Una vez más María la Madre del Mesías Redentor se turba ante una situación inesperada, la primera vez fue cuando el Arcángel le anuncia que se va ser madre del Hijo de Dios, y ahora la fidelidad de Cristo con el Padre celestial la coloca frente a otra consternación para lo cual nadie se prepara, sepultar un hijo muerto en la cruz.
Los sacerdotes diariamente se convierten en los marianos en la hora del suplicio en cada Eucaristía, María con su vida junto a Cristo y especialmente en el Calvario hizo suya la dimensión sacrificial del la Eucaristía, Ella no derramó una gota de sangre, pero no se reservó una sola lágrima, los sacerdotes no derraman sangre ni lágrimas en el momento del sacrificio eucarístico, pero se gastan y se desgastan como instrumento sacramentalizado para actualizar la Redención eterna en Cristo Jesús.

Oración: Virgen Dolorosa de pie junto a la cruz del Señor, Te queremos pedir
por el apostolado seglar de las parroquias. Virgen María, ora por los grupos y actividades pastorales. Que seamos en cada comunidad un rincón cálido, un lugar donde nos queramos y respetemos, un espacio donde vivamos como hermanos, donde, unidos, trabajemos por el Reino de Dios y su justicia. Te rogamos para que nuestros sacerdotes luchen por la causa de Cristo el Buen Pastor. Que se empeñen en predicar el Evangelio con sentido profético. Que nosotros tus hijos no nos destaquemos por el activismo protagonista egoísta y personalista. Que nos conozcan, Madre del Cielo, por vivir y construir el Mandamiento del amor fraterno, como lo viviste con Jesús. María, te damos gracias por ser consoladora de los afligidos. Madre del Verbo eterno, te pedimos por los sacerdotes enfermos, hospitalizados, imposibilitados y adultos mayores, guárdalos siempre en tu regazo de Madre junto a Jesús. Amén.


Decimocuarta Estación: Jesús es sepultado.

“Si el grano de trigo no muere queda infecundo”
(cfr. Jn. 12,24)

V/. Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Reflexión: Jesús muerto es enterrado como la semilla de la cual brotará un vástago de redención. No puede quedar infecundo el Hijo de David que dio tanta vida a los enfermos, es inadmisible que se consuma en el sepulcro el que resucitó a los muertos a la hora de su expiración en la cruz, donde “muchas personas santas que habían muerto volvieron a la vida” (Mt. 27,52). La gran lección de la vida solidaria la muestran los amigos incógnitos del Maestro que con arrojo y valentía piden ante Pilatos el cuerpo de Jesús y le dan digna sepultura. Una vez más los de lejos y de relación esporádica traen la mirra para la hora determinante. Los Magos del Oriente cuando Jesús era niño, y ahora Nicodemo y José de Arimatea al momento de la sepultura del Mesías. Ante esta hora aciaga no hubo reparos ni mezquindad, se encontró una tumba sin estrenar y aceites para perfumar. Lo único adverso era el tiempo, el viernes llegaba al ocaso y se acercaba el día del sábado solemne. El que murió crucificado lentamente en el madero fue sepultado apresuradamente en el sepulcro prestado.
Los sacerdotes cuando llegan a la postrimería de sus vidas tienen que soportar muchas veces esta experiencia de la dádiva de un benefactor extraño. A ejemplo de Jesús Sacerdote Eterno no tienen donde reclinar la cabeza. Pasan por la penuria de la carestía, insolvencia e indigencia social. Les toca cargar la cruz toda la vida, y al final de la existencia humana soportar el Calvario de Cristo, de manera literal y vivencialmente. El buen sacerdote a ejemplo del Rey de reyes siempre encontrará el “Arimatea y Nicodemo” que muestren la benevolencia y compasión de manera libre y espontánea. La sinceridad de la caridad en la hora difícil es misericordia clemente y compasiva. Abandonar a un sacerdote en su enfermedad, ancianidad o necesidad es tan impío, ingrato y desalmado como dejar abandonado al propio Cristo muerto en la cruz a merced de los depredadores. Al que te ofreció los canales de la gracia a través de su ministerio sacerdotal no puede morir en la desgracia del abandono, el salario final del sacerdote es la misericordia divina expresada en la caridad de los que son auténtica Iglesia.

Oración: Te pedimos, Señor, que tus siervos sacerdotes difuntos (Romanos Pontífices, Cardenales, Arzobispos, Obispos, Presbíteros y Diáconos), a quienes encomendaste durante en su vida el ministerio sagrado, lleguen a participar eternamente en la gran asamblea de tu Reino. Escucha con bondad, Señor, las plegarias que te dirigimos por el eterno descanso de tus siervos que te sirvieron como ministros de tu altar en la tierra, y recíbelos en el gozo de todos tus santos sacerdotes a quienes en tu nombre desempeñaron fielmente su ministerio. Te suplicamos, Señor, concedas que las almas de tus dispensadores sacramentales a quienes morando en este en este mundo, les adornaste con los dones sagrados del orden sacerdotal, gocen siempre en de la morada gloriosa del cielo. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.


Decimoquinta Estación: Jesús resucita de entre los muertos.

“Vivirán porque yo vivo”
(Jn. 14,19)

V/. Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Reflexión: Jesús el predilecto del Padre, el Elegido de la eternidad y en quien se complació el Dueño de lo alto ¡Ha resucitado! La evidencia innegable es que el sepulcro está vacío. Aquella pregunta categórica dicha a Marta ante la tumba de Lázaro: “¿No te dije que, si crees verás la gloria de Dios?” (Jn. 11,40) alcanza una respuesta plena que nos llena de esperanza en la vida futura.
Ahora sí el discipulado de Jesús puede comprender todos los “Yo soy” del Mesías: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn. 11,25); “Yo soy el pan de vida” (Jn. 6,35); “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14,6); “Yo soy la luz del mundo” (Jn. 8,12); “Yo soy la vid verdadera” (Jn. 15,1); “Yo soy el agua viva” (cfr. Jn. 4, 13-14). Tenía razón Juan el Bautista, cuando afirmó de Jesús antes de ser bautizado en el Jordán: “Él es más poderoso que yo” (Mt. 3,11). Todo sacerdote es un Bautista que prepara la segunda venida del Señor que vive y que vendrá en Gloria a juzgar a vivos y muertos.

Oración del sacerdote a San Juan Bautista: Precursor del Señor, elegido por Dios en el seno materno, haz que sea consciente del gran don de la vocación que he recibido. Enséñame a dar gracias a Dios todos los días por haberme llamado a la vocación sacerdotal, por haberme escogido para ser pastor de tu pueblo, por haberme dado el privilegio de identificarme más plenamente con Cristo, el Señor. Enséñame, San Juan Bautista, a ser perseverante en mi vocación, a no vacilar; enséñame a entregar la vida totalmente, hasta la muerte.
Enséñame a vivir en la austeridad y la mortificación para unirme a Cristo Crucificado, para domar el oleaje de mis pasiones, para hacer creíble la Palabra que predico. Las almas se convertirán más por lo que viva, que por lo que diga. Que por tu penitencia me haga mortificado, que por tu soledad, sea recogido, que por tu silencio, sea hombre de oración, que por tu virginidad sea casto, que por tu contemplación me mueva siempre por los impulsos del Espíritu.
Enséñame, San Juan Bautista, a preparar los camino del Señor, a preparar un pueblo bien dispuesto para el Señor. Enséñame a mostrar a los hombres al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Enséñame a menguar, para que el crezca. Enséñame a postrarme ante Cristo de quien no merezco desatarle la sandalia, y en cambio, lo tengo en mis manos todos los días en la Sagrada Eucaristía.
Haz que mi trabajo apostólico sea fecundo, que convierta a muchas almas, que muchos aprendan a amar a Dios, que muchos quieran seguirlo en la vocación sacerdotal y religiosa, que muchos quieran ser santos. Enséñame a ser pregonero de la verdad, anunciador de la alegría eterna, testigo de la fe. Que no tema a los poderes humanos, ni tampoco a las críticas y desprecios, que aprenda de ti que mi vida está en función de Cristo, el Mesías, el Señor, el Salvador. Nada más importa. Solo Dios. Amén

Para ver las estaciones XI y XII haga click AQUÍ




miércoles, 24 de marzo de 2010

VIA CRUCIS SACERDOTAL (estaciones XI y XII) 24/03/2010

Vía Crucis Sacerdotal
Undécima Estación: Jesús es clavado en la cruz.
“Estaban cansados y agobiados como ovejas que no tienen pastor” (Mt.9, 36)

V/. Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Reflexión: Jesús al ser taladrado en el madero recibe la última porción de tortura. La cadena de los tormentos fue interminable, desde la traición de Judas hasta el improperio de Gestas el Señor atravesó toda una ruta perenne de vejámenes, afrentas y martirios. Sus manos y pies soportaron lo más cruel de los tormentos, ser traspasado por clavos de acero sin contemplación ni piedad. A esta tribulación llena de escozor sufrida por amor a la humanidad se le llama la “Pasión de Cristo”, la cual se inicia con el sudor de sangre en el Monte de los Olivos. Jesús sufre en el huerto del Getsemaní por el alto grado de pesadumbre psíquica que tuvo en la despedida de la Última Cena (cfr. Lc. 22,15). Más tarde se enfrentó a un juicio totalmente ilegítimo e indebido, la experiencia de toparse con los poderosos del mundo y de ser condenado injustamente por los tiranos de palacio le produce una sensación de impotencia que origina un abatimiento de aflicción. A esta desolación se le suma la conmoción del sangramiento causado por la inhumana flagelación, el Señor que había anunciado que iba a derramar su sangre, lo cumple con el dolor insoportable de los azotes cruentos. La coronación de espinas, salivazos, ser colgado del madero y la humillación con los agravios fueron lo más atenuante de la congoja sufrida por el Pescador de pescadores.
Mucho amor, mucho dolor. Los sacerdotes también sufren parte de este calvario, no es tan excruciante como la experimentada por Jesús Sumo y Eterno Sacerdote, pero muchas veces se asemeja a la pasión por la que demostró su amor por nosotros. “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn. 3,16). Crucificar al sacerdote de Cristo con las calumnias e infamias es clavar en el madero a Cristo sacerdote.

Oración: Señor Jesucristo, que para redimir a los hombres y sanar a los enfermos quisiste asumir nuestra condición humana; mira con piedad a tus siervos, sacerdotes, que están enfermos y necesitan ser curados en el cuerpo y en el espíritu. Reconfórtalos con tu poder para que levanten su ánimo y pueda superar todos sus males, y ya que has querido asociarlos a tu pasión redentora, haz que confíe en la eficacia de sus dolores para la salvación del mundo. Tus sacerdotes enfermos viven contigo la pasión porque eres su mejor amigo, por eso, que cuando nos hablen en tu nombre, sus palabras nos ayuden a conocerte mejor, a Tí y tu Evangelio; que cuando perdonen nuestros pecados sus ojos sigan brillando de cariño, que cuando nos consuelen en los momentos difíciles, que su presencia sea el consuelo que más necesitamos. Cuida a tus sacerdotes, de manera particular por los que están jubilados, retirados o en ministerio emérito, Jesús pastor eterno sea el amor de sus corazones. Amén.



Duodécima Estación: Jesús muere en la cruz.
“Esta es mi sangre…que es derramada a favor de muchos"
(Mc.14, 24)

V/. Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Reflexión: Jesús realiza en sí la demostración más evidente del amor: dar la vida. El Sumo y Eterno Sacerdote es también víctima y altar. No hay amor más grande, y dar la vida como la dio Nuestro Señor Jesucristo ha sido la manera magnánima de expresar el amor verdadero. El sacerdote es ante todo un ministro del altar, es un mediador autorizado para ofrecer sacrificios a Dios en reconocimiento de su dominio supremo y en expiación por los pecados. "Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados" (Hebreos 5,1). Cristo murió, Él mismo lo había anunciado, se entregó más no se rindió, lo crucificaron más no lo eliminaron. Jesús se ofreció como don de salvación y como Cordero inmaculado para destruir el aguijón de la muerte.
El sacerdote es un hombre consagrado para ofrecer dones y sacrificios por los pecados (Heb. 5,1). Por esto, la actividad primordial del sacerdote debe ser ofrecer y ofrecerse en sacrificio. Es evidente que esto va más allá del simple presidir un oficio o una ceremonia. El sacerdote debe no sólo celebrar la Eucaristía, sino debe “Ser Eucaristía”. Como nos recuerda la carta Ecclesia de Eucharistia del Papa Juan Pablo II, la expresión “in persona Christi”, quiere decir algo más que “en nombre” o “en las veces” de Cristo, es la identificación especifica, sacramental, con el “Sumo y eterno Sacerdote”, que es el autor y el sujeto principal del propio sacrificio. Por lo tanto, el sacerdote debe unir su vida al Cordero de Dios que carga con los pecados del mundo y se sacrifica por la salvación de las almas. El sacerdote es el cordero de la Iglesia de Cristo que dispensa los sacramentos de la gracia salvífica. El sacerdote se configura con Cristo en el Altar, allí el Señor se entrega, se inmola, resucita y se da en comunión, donde Cristo sacerdote lo busca, lo encuentra, lo carga y lo mantiene para sí, como propiedad eterna del infinito.

Oración: Señor Jesús que mueres en la cruz por nuestros pecados. Gracias por nuestra parroquia. Estamos recibiendo tanto de ella.Tenemos tanto que agradecerle. En ella te estamos descubriendo, en ella aprendemos a amarte y a seguirte. Desde ella escuchamos tu Buena Noticia, desde ella recibimos el Pan necesario para el camino. Cuando nos cansamos, nos deja su Palabra de ánimo, cuando caemos, nos entrega tu perdón. Cuando nos sentimos débiles, ella nos fortalece, cuando dormimos, ella nos despierta. Gracias por los niños y los jóvenes, por los mayores y los ancianos.Todos, formamos tu Comunidad, tu Iglesia. En nuestra parroquia hay un altar, un sacerdote, un pan y un cáliz donde siempre se actualiza tu Misterio Pasucal. Que de nuestras comunidades parroquiales llames a muchos a la vida sacerdotal. Amén.

Para ver las estaciones IX y X haga click AQUÍ




lunes, 22 de marzo de 2010

VIA CRUCIS SACERDOTAL (estaciones IX y X) 22/03/2010

Vía Crucis Sacerdotal
Novena Estación: Jesús cae por tercera vez.

“Pedro lo negó diciendo: No, no lo soy”
(Jn. 18,25)

V/. Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Reflexión: Jesús ante la mirada inerte del gentío que observaba el infortunio del Nazareno, cae por tercera y última vez. Él que hace un momento había consolado, ahora está otra vez derribado. El pensamiento colectivo se inclinaba a murmurar que ya había llegado al desenlace fatal. Cayó a tierra, pero no murió en el suelo. Si hubiera fallecido en el piso la redención se trunca por el mero abatimiento corporal, era necesario que el Hijo del hombre fuera levantado en la cima del monte para que todo el que crea tenga por él vida eterna (cfr. Jn. 3,14.15). Los sacerdotes están llamados a negarse a sí mismos y declarar a Cristo con sus labios. El apóstol Pedro cayó en la negación de Cristo Jesús, él se privó temporalmente de confesar el santo nombre de Jesús, de verdad fue una negación expresada con los labios, pero en su corazón estaba la confesión que luego materializaría a su Maestro Resucitado.Así es el miedo, llena a la persona de una conmoción desagradable provocada por la percepción de un peligro, Simón Pedro avista que está en vía de la desgracia, y se resguarda con el recurso escandaloso de la negación. Los sacerdotes son hombres de fe íntegra llamados a testimoniar a Cristo y a declararlo con su boca en toda circunstancia, los peligros por ser fieles a la Iglesia les acechan tenazmente, desde el Santo Padre Vicario de Cristo, hasta el más humilde sacerdote de pueblo o cura de barrio están expuestos ante los agravios, escarnios, vejaciones y torturas que terminan en el martirio moderno de la condena moral. Jesús nos invita a todos y de manera predilecta a sus sacerdotes a negarse a sí mismos. Jamás debemos negarlo a Él para que alcancemos los bienes duraderos de la eternidad. Jesús se niega a quedarse derribado y sigue su camino para cumplir todo lo exigido por el Padre Celestial. Quedarse en el suelo es negar eternamente al Hijo de Dios. Los sacerdotes son testigos fieles de Cristo que mueren de pie, con los brazos abiertos y mirando al cielo.
Oración: Dios omnipotente, que en tu providencia quisiste edificar tu Iglesia sobre la roca de Pedro, príncipe de tus apóstoles, mira con amor a nuestro papa Benedicto XVI, y tú que lo has constituido sucesor de san Pedro, concédele la gracia de ser principio y fundamento visible de la unidad de fe y de comunión de tu pueblo. Concédele Señor, que su palabra y su ejemplo sean provechosos al pueblo que él preside, para que llegue a la vida eterna junto con el rebaño que le ha sido confiado. Haz Dios de bondad, que confirme en la fe a todos los hermanos, y que toda la Iglesia se mantenga en comunión con él por el vínculo de la unidad, del amor y de la paz, para que todos encuentren en ti, Pastor de los hombres, la verdad y la vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Décima Estación: Jesús es despojado de sus vestiduras.

“Podían ponerse sandalias, pero no llevar ropa de repuesto”
(Mc. 6,9)

V/. Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Reflexión: Jesús en reiteradas ocasiones les repetía a sus discípulos las medidas mesiánicas de la austeridad para que vivieran una práctica ascética y una vida moderada (cfr. Mc.6, 8-9). El Señor procuraba cimentar una Iglesia dentro de los niveles máximos del desprendimiento y de la pobreza evangélica. Los sacerdotes al igual que los apóstoles lo dejan todo para seguir al Maestro e imitarlo como el Pastor solícito y misericordioso (cfr. Mt. 4,20). Cuando el elegido lo deja todo, -y Cristo es el elegido del Padre- nadie lo despoja, porque ya se desprendió de todo. Al Señor Jesús lo desvistieron pero no pudieron desnudarlo, el Transfigurado del Tabor siempre estará resplandeciente y luminoso. Arrebatarle la única túnica no fue problema, la dificultad que se imposibilitó para los esbirros del sanedrín fue despojarlo de su dignidad de Hijo de Dios.
La vida sacerdotal está signada por la promesa de la pobreza, el hombre de caridad llamado por Cristo es un sacerdote pobre, que se hace solidario con los más necesitados. Aquel mandato del Señor “dad gratis, lo que gratis habéis recibido” (Mt. 10,8) se hace presente en el Calvario, a Cristo no le despojan, Él como Cordero de Dios le dio a sus verdugos sus vestiduras sin resistencia, sin protestar y sin apelar a nadie. Los sacerdotes son de igual manera los siervos obedientes, que se desprenden libremente de lo que necesitan para compartir alegres con aquellos, que reflejan el rostro de Cristo sufriente. El reflejo de la pobreza de Cristo se evidencia en el pesebre y en la Cruz. Nacer muy pobre y morir siendo más pobre. Así debe estar vivida la experiencia sacerdotal, la realidad final de nuestra vida de fe será evaluada por las veces que amamos y compartimos. No hay cristianismo sin el sentido del hermano, y tampoco lo hay sin el sentido del pobre. No hay sacerdocio de Cristo sin la verdadera liberación en la pobreza. La pobreza en Cristo es la verdadera alegría. Lo que los sacerdotes tienen es de los pobres y sólo lo que ellos dan se torna verdaderamente suyos.

Oración: Señor Jesús, Buen Pastor; Tú has dado tu vida por los hombres porque los amas, y toda tu vida te has preocupado de que todos sean felices: bendecías a los niños, escuchabas a los que necesitaban compañía, atendías a los enfermos, enseñabas el camino al cielo con tus palabras, ayudabas a los necesitados. Te pedimos por nuestro párroco. Él dice que quiere ser como tú, que un sacerdote es el reflejo de tu amor en este mundo. Haz que él también se preocupe por todos nosotros como un padre, que especialmente cuide de los que más lo necesitan. Que siga siendo paciente con los más jóvenes, bondadoso con los ancianos, alegre con los niños; que nunca se canse de hacerte presente en medio de todos al celebrar la Eucaristía, que a pesar de vivir como pobre, celebrar el Sacramento del Altar es su mayor riqueza. Amén.

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viernes, 19 de marzo de 2010

VIA CRUCIS SACERDOTAL (estaciones VII y VIII) 19/03/2010

Vía Crucis Sacerdotal
Séptima Estación: Jesús cae por segunda vez.

“Y tratamos de impedírselo, porque no es de los nuestros”.
(Lc. 9,49)

V/. Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Reflexión: Jesús sufre una caída que a pesar de ser dolorosa lo calma y lo serena. Las caídas de Jesús en el camino al suplicio son por agotamiento físico, pero las aprovecha el Señor para orar y llenarse de la fuerza trinitaria del Jordán y del resplandor glorificante del Tabor. Después que Jesús inauguró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal en el desierto al rechazar las tentaciones del enemigo, nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado (cfr. Prefacio I domingo de cuaresma). El tentador lo abandona a Él, sin embargo como león rugiente buscaba devorar a sus discípulos (cfr. 1Pe.5, 8-9). Las tentaciones de las envidias, recelos, codicias, egoísmo y soberbia siempre estuvieron rondando al discipulado de Cristo como espina de muerte y división. Jesús ante las instigaciones de los suyos los exhorta al servicio, humildad y caridad.
El sacerdocio único de Cristo se desarrolla en el ministerio sacerdotal de la Iglesia que es una, santa, católica, apostólica y romana. Los sacerdotes son hombres de esperanza y diálogo, el ecumenismo es una experiencia de diálogo profundo, un escucharse y hablarse, un conocerse mejor. La unidad tiene su base en la oración acompañada por el ayuno, el compartir tiene su fundamento en la fraterna colaboración y en la libre donación para aliviar los sufrimientos de la humanidad. La unidad dentro y fuera de la Iglesia es un clamor permanente del Señor que murió por todos. La Virgen María fortalece la unidad dentro del catolicismo y la predicación del Evangelio como Buena Noticia estimula la unidad entre todos los cristianos. Jesús cae por nuestra división para que los cristianos nos levantemos con Él a orar y trabajar por la unidad. Que María, Madre de la Iglesia, ayude a todos los fieles a dejarse abrir íntimamente por Cristo a la comunicación recíproca en la caridad y en la verdad, para transformarse en Él en un solo corazón y una sola alma.

Oración: María, madre de la fe, que acompañaste al templo al Hijo del hombre, en cumplimiento de las promesas hechas a nuestros Padres: presenta a Dios Padre, para su gloria, a los sacerdotes de tu Hijo. Madre de la Iglesia, que con los discípulos en el Cenáculo implorabas el Espíritu para el nuevo Pueblo y sus Pastores: alcanza para el orden de los presbíteros la plenitud de los dones. Madre de Jesucristo, que estuviste con Él al comienzo de su vida y de su misión, lo buscaste como Maestro entre la muchedumbre, lo acompañaste en la cruz, exhausto por el sacrificio único y eterno, y tuviste a tu lado a Juan, como hijo tuyo: acoge desde el principio a los llamados al sacerdocio, protégelos en su formación y acompaña a tus hijos en su vida y en su ministerio, Madre de los sacerdotes vela por los ministros de tu amado Hijo para que nunca sean derribados. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén


Octava Estación: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén.

“Así que ella se levantó y comenzó a atenderlos”
(Mt. 8,15)

V/. Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Reflexión: Jesús rompe el esquema anímico de todo condenado a muerte, el que sufre también consuela, el Mesías solloza de sufrimiento y a la vez conforta a las que lloran, el Maestro suspira lleno de consternación y descansa aliviando a las atribuladas. Jesucristo como Siervo sufriente renuncia ser consolado para consolar, muy a pesar de estar en desventaja física no deja su labor de cargar el yugo de la humanidad.
Ya antes, Simón de Cirene había sacado la cara y metido su hombro en representación de los hombres, ahora la escena hacia el Calvario nos muestra el rostro de las sufridas mujeres de Jerusalén, ellas no sólo lloran con lamentos a imagen del llanto de Raquel o de las madres de los santos inocentes que murieron en lugar de Cristo niño (cfr. Mt. 2,18), ante la expresión de llanto, ellas como necesitadas permanentes de consuelo y protección, abren sus brazos, su alma y su corazón para recibir al Cristo consolador. Jesús se adelanta al Paráclito e inaugura el tiempo de la consolación del Espíritu Santo.
La vida de los sacerdotes es también de «siervos sufrientes» que constantemente tienen que eximirse de sus dolores para esperanzar a los otros. Al sacerdote por ser «Otro Cristo» en la tierra, muchas veces se le tiene vetado quejarse ante los padecimientos propios, llorar por sus mortificaciones en lo secreto, dónde solo está el Padre que ve en lo secreto (cfr. Mt. 6,1ss), no puede decir estoy cansado porque está llamado a apacentar a los abatidos, en ocasiones cuando es calumniado por los látigos del oprobio social no puede defenderse porque socialmente está en total indefensión. Ante una Iglesia perseguida como el «Nuevo Israel» y unos sacerdotes que son hostigados por su voz profética como «Nuevos Bautistas» por los faraones y Herodes de hoy, se da vigencia a la proclama de la Bienaventuranza: “Dichosos los que sufren porque serán consolados” (Mt. 5,4). El sacerdote conforta, porque Cristo consuela.

Oración: Virgen María, Madre de Cristo Sacerdote, Madre de los sacerdotes del mundo entero. Tú amas con un amor especial a los sacerdotes. Porque ellos son la imagen viva de tú Hijo único. Tú has ayudado a Jesús durante toda su vida. Y los ayudas todavía en el cielo. Nosotros te suplicamos que ruegues por los sacerdotes. Ruega a Dios que envíe operarios a su mies. Ruega para que tengamos sacerdotes. Que celebren los sacramentos. Que nos expliquen el Evangelio de Cristo. Que nos enseñen a convertirnos en verdaderos hijos de Dios. Virgen María, pide a Dios Padre por los sacerdotes. Para que sean santos. Y que las madres creyentes oren al Buen Pastor para que cuando uno de sus hijos sea llamado por Jesús a la vida consagrada sientan tu mismo gozo. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

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miércoles, 17 de marzo de 2010

VIA CRUCIS SACERDOTAL (estaciones V y VI) 17/03/2010

Vía Crucis Sacerdotal
Quinta Estación: Simón el Cirineo ayuda a llevar la cruz de Jesús.
“Y el que no toma su propia cruz y me sigue, no puede ser discípulo mío”
(Lc. 14,26)

V/. Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Reflexión: Jesús nos pide cargar con su cruz como si fuese la nuestra (cfr. Mt. 16,24), Él cargó la nuestra como si fuera la suya. El Cirineo llegó como espectador pasivo y terminó siendo protagonista activo. La llamada vocacional del Señor tiene infinitas maneras de expresarse y de manifestarse a los futuros consagrados. Dios carga nuestras miserias sobre sí para llevarnos a sus excelsitudes, nos llama desde nuestras terquedades humanas para que caminemos libremente hacia el altar de la vida sacramental. Ser sacerdote es optar a ser un cirineo eterno. El sacerdote carga la cruz de Cristo, soporta la suya y sobrelleva la de los demás. Ese triple yugo es llevadero para los sacerdotes porque descansa en los regazos de la liturgia y de la oración vivificante.
El sacerdote, alimenta en sí mismo una vida espiritual de sacrificio y de amor, inspirada en el don del propio sacerdocio ministerial. Su oración, su forma de compartir, sus esfuerzos en la vida, están inspirados por su actividad apostólica que se alimenta de toda una existencia vivida con Dios. El sacerdote es hombre de fe profunda y probada, hombre de lo sagrado y litúrgico. Tiene el Orden sacerdotal y vive dentro del orden de la vida cristiana.
El sacerdote es también un hombre de comunión, porque ser un cirineo es ser hombre de Iglesia. Es el que reúne al Pueblo de Dios y refuerza la unión que hay entre sus miembros por medio de la Eucaristía; él es el animador de la caridad fraterna entre todos. Actúa con sus hermanos en el sacerdocio. Colabora con su propio obispo, padre y pastor, y se esfuerza en acrecentar los lazos de unión entre los miembros del presbiterio. La cruz sacerdotal cargada con fidelidad se convierte en estrella radiante de luz.

Oración: Jesús mío, te ruego por toda la Iglesia: concédele el amor y la luz de tu Espíritu y da poder a las predicaciones de los sacerdotes para que los corazones endurecidos se ablanden y vuelvan a ti. Señor Jesús, danos sacerdotes santos; tu mismo consérvalos en la santidad. Divino y Sumo Sacerdote, que el poder de tu misericordia los acompañe en todas partes y los proteja de los engaños y asechanzas del mal, que están siendo tendidas incesantemente para las almas de los sacerdotes. Que el poder de tu misericordia, Señor, destruya y haga fracasar lo que pueda empañar la santidad de los sacerdotes, ya que tú lo puedes todo. Amadísimo, Jesús, te ruego por el triunfo de la Iglesia, oramos a Tí “Vid verdadera” por una bendición para el Santo Padre Benedicto XVI que nos ha convocado a este Año sacerdotal y por todo el clero, por la gracia de la conversión de los pecadores despiadados. Te pido, Jesús, una bendición especial y luz para los sacerdotes ante los cuales me confesaré durante el resto de mi vida para unirme eternamente a Ti único Dios vivo y verdadero. Amén.


Vía Crucis Sacerdotal
Sexta Estación: La Verónica limpia el rostro de Jesús.
“Ánimo, hija, por tu fe has sido sanada”
(Mt. 9,22)

V/. Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Reflexión: El rostro de Jesús se impregna de su sangre redentora y del sudor fatigoso. Ya exhausto y a punto de enceguecerse consigue de una noble y gallarda mujer la gracia de ser enjugado. Este gesto tan simple, es un hálito de fuerza motivadora para el Hijo de David, que aún no ha llegado a la meta redentora. Los sacerdotes diariamente celebran el santo sacrificio eucarístico, actualizan el misterio de la Cruz de Cristo y prolongan la acción salvífica del Señor. El cáliz de la Eucaristía se transforma en la faz de Jesús crucificado, allí se vierte la Sangre de la Nueva Alianza bebida de salvación para los creyentes. El vaso sagrado se convierte en el Cáliz de la Salvación y el sacerdote como ministro del santo sacrificio al purificar la copa eucarística se transforma en el permanente dispensador del Sacramento del Altar.
Enjugar el rostro de Jesús es prepararlo para la prueba definitiva del Calvario. El rostro del Santo entre los santos se dispone a concluir la última etapa de su misión: dar la vida. El perfecto y santo purifica con el velo impregnado a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones (cfr. Is. 25,7). Los sacerdotes son llamados a vivir una relación personal más íntima y completa con el misterio de Cristo y de la Iglesia, a beneficio de toda la humanidad; en esta elección no hay duda de que aquellos supremos valores humanos tienen modo de manifestarse en máximo grado.
La consagración a Cristo mediante el celibato sacerdotal permite al consagrado, la mayor eficiencia y la mejor actitud pastoral para el ejercicio continuo de la caridad perfecta. Sobre esta base de relaciones tan ricas y tan profundas, el celibato adquiere un significado nuevo: no es ya una condición del sacerdocio, sino el camino de una verdadera fecundidad, de una auténtica paternidad espiritual, porque el sacerdote entrega su vida para que los frutos del Espíritu maduren en el Pueblo de Dios.

Oración: Dios de misericordia y santidad, escucha el grito angustiado de tu pueblo para tener sacerdotes santos que les guíen. Llena sus corazones con celo luminoso a fin de que puedan desempeñarse dignamente en tu presencia, sean siempre leales a tu Iglesia, y alcancen amarte con un amor eterno. María, Madre de Jesucristo y Madre de los sacerdotes: acepta este título con el que hoy te honramos para exaltar tu maternidad y contemplar contigo el Sacerdocio de tu Hijo unigénito y de tus hijos, Santa Madre de Dios. Madre de Cristo, que al Mesías Sacerdote diste un cuerpo de carne por obra y gracia del Espíritu Santo para salvar a los pobres y contritos de corazón: custodia en tu seno y en la Iglesia a los sacerdotes que ofrecen diariamente el Cuerpo de Cristo. Te rogamos por tus elegidos que han abandonado el ministerio sacerdotal, para que se mantengan firmes en la fe y puedan alabarte en el silencio profético de sus vidas y en el regazo de sus almas deseosas del santo pastoreo. Amen.

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lunes, 15 de marzo de 2010

VIA CRUCIS SACERDOTAL (estaciones III y IV) 15/03/2010

Vía Crucis Sacerdotal
Tercera Estación: Jesús cae por primera vez.

“Ustedes no saben lo que piden”
(Mc. 10,38)

V/. Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Reflexión: Jesús cae pero no se hunde. Nosotros antes de caer ya estamos vencidos por la codicia, avaricia o ambición. Antes de que Jesús cayera con la cruz a cuestas, ya sus apóstoles habían caído en las tres tentaciones del aguijón de la soberbia: el poder, el tener y el placer. Esta primera caída nos recuerda la petición asombrosa e incomprendida de los Zebedeos que pretendían sentarse en los puestos privilegiados del séquito del Reino eterno. San Pablo nos invita a tener los sentimientos de Cristo Jesús (cfr. Filp. 2,5), pero la tarea es ardua y agotadora si no tenemos la gracia del Espíritu Santo.
Los sacerdotes son ante todo, hombres de fe, porque tienen la virtud de anunciar la Palabra y de testimoniarla con su ejemplo. El confiar en Dios los aparta del fiarse en los hombres (cfr. Sal.1, 1-2). Los sacerdotes son hombres de oración que viven pidiendo por los demás y suplicando por la humanidad entera. Ellos son mensajeros que comunican la Palabra, la meditan y la predican. A pesar de sus múltiples oraciones por la comunión con la Iglesia, en oportunidades muy eventuales y escasas extravían la intención eclesial hacia la pretensión personal, como le ocurrió a la madre de los Boanerges. Es allí en lo insondable e inexplicable que pudiera parecer el error humano, donde los sacerdotes, pastores del pueblo de Dios, necesitan de la oración sacrificada de sus ovejas fieles y devotas de las cosas santas. El sacerdote es hombre de lo sagrado. Asimila el Evangelio y lo testimonia con su vida desgastada por sus hijos en la fe. Es testigo del Dios invisible y portavoz del Señor ante los visibles del mundo. Las caídas de los sacerdotes son también las caídas de la Iglesia, las levantadas de los sacerdotes son también la puesta en marcha de la Iglesia.
El sacerdote debe ser reconocido como un hombre de Dios, un hombre de preces, al que se ve implorar y al que se oye rezar. Cuando el sacerdote ora con piedad, la Iglesia gana el combate para Cristo Jesús. Donde ora el sacerdote, ora toda la Iglesia.

Oración: Señor Jesús, Pontífice Eterno, Buen Pastor, Fuente de vida, que por singular generosidad de tu dulce Corazón nos has dado nuestros sacerdotes para que podamos cumplir plenamente los designios de santificación que tu gracia inspira en nuestras almas; te suplicamos: ven y ayúdalos con tu asistencia misericordiosa. Sé en ellos, fe viva en sus obras, esperanza inquebrantable en las pruebas, caridad ardiente en sus propósitos. Que tu palabra, rayo de la eterna Sabiduría, sea, por la constante meditación, el alimento diario de su vida interior. Que el ejemplo de tu vida y Pasión se renueve en su conducta y en sus sufrimientos para enseñanza nuestra, y alivio y sostén en nuestras penas. Te rogamos por los sacerdotes perseguidos, encarcelados y enjuiciados. Concédeles, Señor Jesucristo, entereza espiritual, serenidad sacerdotal, desprendimiento de todo interés terreno y que sólo busquen tu mayor gloria. Amén.



Vía Crucis Sacerdotal
Cuarta Estación: Jesús encuentra a su santísima Madre.

“Dichosa la mujer que te dio a luz y te crió”
(Lc. 11,27)

V/. Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos.
R/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Reflexión: Jesús Sacerdote Eterno se encuentra con María Madre de la Iglesia. Más que un simple encuentro en el camino al Gólgota es un abrazo de comunión en el dolor y en el sufrimiento. Jesús sufre el suplicio redentor en su cuerpo, y la Virgen, como le profetizara Simeón (cfr. Lc. 2,35), soporta la espada del martirio atravesada en su corazón. Así como Jesús transformó por la oración intercesora de María el agua en vino, su Santísima Madre deseaba con su mirada cambiar el dolor de su amado Hijo en consuelo y alivio. Sus lágrimas eran el bálsamo de consolación para el Nazareno condenado a muerte. En este breve, pero intenso encuentro la Virgen María a pesar del tormento proclama el Magníficat en sus labios abatidos. Es un gozo distinto al de Belén, al de Canaán o al de Betania; es una gloria para el eterno Padre que contempla a su Hijo único y a su Hija predilecta poniendo en práctica la Palabra.
El sacerdote es esencialmente mariano porque Cristo es substancialmente mariano. La Virgen María acompañó a Cristo Sacerdote Eterno y acompaña hoy a los sacerdotes que son sus hijos predilectos. La Madre de Jesús se encuentra oculta en la sombra de Cristo y se muestra visible en el ministerio sacerdotal. María Inmaculada camina al lado de sus hijos elegidos por el Hijo del Hombre. La Purísima ora con ellos en sus plegarias, es la primera oyente de sus predicaciones, los asiste cuando ellos atienden a los enfermos y ancianos, se apiada cuando sufren y se deleita con sus alegrías sacerdotales. La Virgen María no participa del sacerdocio ministerial, pero vive a plenitud el sacerdocio de sus hijos consagrados como prolongación del sacerdocio eterno de Jesucristo. Ella en cada Eucaristía sirve el vino nuevo y bueno de la sangre redentora.

Oración: Jesús Buen Pastor nacido de Santa María Virgen, que por singular generosidad de tu dulce Corazón, nos has dado nuestros sacerdotes para que podamos cumplir plenamente los designios de santificación que tu gracia inspira en nuestras almas; te suplicamos: ven y ayúdalos con tu asistencia misericordiosa. Sé en ellos, Jesús, fe viva en sus obras, esperanza inquebrantable en las pruebas, caridad ardiente en sus propósitos. Que tu Palabra, rayo de la eterna Sabiduría, sea, por la constante meditación, el alimento diario de su vida interior. Que el ejemplo de tu vida y Pasión se renueve en su conducta y en sus sufrimientos para enseñanza nuestra, y alivio y sostén en nuestras penas. Concédeles, Señor, desprendimiento de todo interés temporal y que sólo busquen tu mayor Gloria. Concédeles ser fieles a sus obligaciones con pura conciencia hasta el último aliento. Y cuando con la muerte del cuerpo entreguen en tus manos la tarea bien cumplida, dales, Jesús, Tú que fuiste su Maestro en la tierra, la recompensa eterna: la corona de justicia en el esplendor de los santos. Amén

(para leer las Estaciones I y II CLICK AQUÍ)

Las estaciones V y VI se publicarán el miércoles 17



martes, 7 de abril de 2009

Comunicado de la Presidencia de la Conferencia Episcopal Venezolana


1. La Semana Santa, en la que celebramos la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, es un tiempo extraordinario de renovación espiritual que nos invita a asumir con mayor convicción los valores de la vida cristiana que son fundamentales para construir la convivencia entre todos los habitantes de Venezuela.

2. Dentro de este ambiente de oración y de fe, los Obispos que conformamos la Presidencia de la Conferencia Episcopal de Venezuela, fieles a nuestra misión pastoral, queremos compartir con los católicos, los creyentes de otras confesiones y las personas de buena voluntad, algunas reflexiones sobre las situaciones que hoy vive nuestro país y que contradicen, de modo evidente, nuestra condición de pueblo cristiano.

3. Nos preocupa hondamente cómo se ha apoderado la violencia y la inseguridad de todo el territorio nacional, derramando la sangre inocente de nuestro pueblo. A pesar de las medidas adoptadas, el hampa, los secuestradores, los sicarios, los narcotraficantes y los contrabandistas siguen actuando impunemente. Los indefensos pobladores de ciudades, campos y fronteras no saben a qué instancia acudir para conseguir protección eficaz. Tales atropellos son graves ofensas que claman al cielo y violan los derechos fundamentales de los ciudadanos.

4. La promoción de un ambiente de aguda polarización política, la exclusión por causas ideológicas, la descalificación moral de los adversarios, la eliminación de una positiva descentralización y la creciente concentración de poder en el ejecutivo, deterioran el Estado de Derecho, despojan a las instancias nacionales, regionales y municipales de su legítima autonomía y ponen en grave riesgo de colapso el sistema democrático.

5. Exhortamos a todas las autoridades a dejarse interpelar por los reclamos de los diversos sectores de nuestra sociedad, a pedirle a Dios que les ayude a ejercer sus graves responsabilidades con justicia, libertad de conciencia, honestidad y transparencia, a poner en el centro de sus actuaciones el respeto sagrado a la dignidad de la persona, sin dejarse arrastrar por intereses particulares o de una parcialidad. Los que ejercen el poder judicial, tienen la obligación de asegurarle a los detenidos, procesados y sentenciados, en cada fase del proceso, todas las garantías contempladas en la Constitución Nacional, particularmente los derechos al debido proceso, a la defensa ante sus jueces naturales y a un juicio imparcial.

6. A todos nuestros hermanos y hermanas católicos, los invitamos a participar activamente, allí donde se encuentren, en las celebraciones de la Semana Mayor. Este tiempo es una oportunidad única para sacudir la apatía y la indiferencia, para renovar la fe, para colocar a Dios por encima de todo, y ponerse al servicio del prójimo, especialmente de los más pobres. Si queremos transformar nuestra sociedad es imprescindible retomar aquellos valores que forman parte del patrimonio ético y moral de nuestro pueblo, tales como el respeto mutuo, la solidaridad y la tolerancia.

7. Manifestamos nuestra cercanía y oración a los secuestrados, a los detenidos, a los procesados y a los condenados, así como a sus familiares y amigos (Cf. Heb. 13,3). El Señor Jesús, que "fue entregado a la muerte para congregar en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos" (Jn 11,51), nos atraiga a todos desde lo alto de su cruz (Cf. Jn 12,32), nos enseñe a perdonar de corazón (Cf. Mt 18, 21-35), a volvernos personas misericordiosas y tolerantes (Cf. Mt 5, 43-47) y a reencontrar los caminos de la unión que hemos perdido.

Imploramos sobre todos la bendición de Dios, y la intercesión de la Santísima Virgen María. Les deseamos a todos y a todas las venezolanas y venezolanos unas Felices Pascuas de Resurrección.


Caracas, 6 de abril de 2009, lunes santo.

Tomado de la página web de la Conferencia Episcopal

Si está interesado en leer el documento de la Conferencia Episcopal con fecha 23 de abril en el que presenta un panorama actualizado de la realidad nacional pulse aquí