Reflexiones y noticias. Actualidad social, política y eclesial de Venezuela desde la Diócesis de Cabimas
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viernes, 18 de junio de 2010
Andrea Bocelli cuenta una historia...
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viernes, 20 de marzo de 2009
Carta Abierta al On. Francesco Cossiga, ex presidente de Italia
Senador
Francesco Cossiga
Ex presidente de la República Italiana
y Senador Vitalicio
Presente.-
Muy apreciado On. Cossiga:
Leí con mucha atención y respeto su carta-respuesta a Mons. Fisichella y me pareció poco justa.
Debo decirle que medité mucho esta carta por el “doble efecto” de apreciarle a Ud. figura que conocí a través de mi estadía como estudiante de teología en la casa generalicia de los Padres Rosminianos en Porta Latina, y al mismo tiempo conocer y apreciar al Profesor Rino Fisichella como mi maestro de Teología Fundamental en la Pontificia Universidad Gregoriana.
Creo entender, ciertamente mis limitadas capacidades intelectuales a veces no me permiten conocer lo profundo de las cosas, que Monseñor Fisichella manifiesta su disconformidad con el obispo de Recife por “haber abierto la boca en el peor momento”; no está juzgando la certeza o no del peso de las declaraciones del obispo brasileño, que por cierto están ajustadas a derecho, sino los dos caminos posibles para enfrentarse a la noticia: el camino de “lex, dura lex, sed lex” (adoptado por el brasileño) o el camino de la “legis plenitudo caritas” que manifiesta Fisichella.
Este último hace una muy acertada reflexión (in genere) del dramático proceso que ocurre en la mente y el alma de un médico que se enfrenta a una decisión de ese tipo en la que debe decidir en materia tan delicada como complicada, y sin justificar la negación de los principios fundamentales del catolicismo en materia de vida, lo que pide es que la reflexión en el juicio al médico no sea ni apresurada ni pueril.
Al mismo tiempo, aún cuando reconoce que el obispo de Recife actuó ajustado a Derecho, también reconoce que no era el primer paso declarar la condena de excomunión sino acercarse con amor a esta niña para manifestarle que en tan grave situación no está sola; que nuestro afecto y nuestras oraciones están con ella “Non c'era bisogno, riteniamo, di tanta urgenza e pubblicità nel dichiarare un fatto che si attua in maniera automatica. Ciò di cui si sente maggiormente il bisogno in questo momento è il segno di una testimonianza di vicinanza con chi soffre, un atto di misericordia che, pur mantenendo fermo il principio, è capace di guardare oltre la sfera giuridica per raggiungere ciò che il diritto stesso prevede come scopo della sua esistenza: il bene e la salvezza di quanti credono nell'amore del Padre e di quanti accolgono il vangelo di Cristo come i bambini, che Gesù chiamava accanto a sé e stringeva tra le sue braccia dicendo che il regno dei cieli appartiene a chi è come loro”.
El último párrafo del artículo de L’Osservatore sería el que tanto resquemor y vestiduras rasgadas ha causado en ciertos ámbitos eclesiales y extra eclesiales. Al respecto, vienen a mi memoria las charlas de espiritualidad de Don Francesco Berra, a quien usted debió conocer y apreciar tan bien como yo. Don Berra hacía siempre énfasis en la diferencia entre “la verdad objetiva y la verdad subjetiva”, conceptos que como dúo inseparable formaban parte obligatoria de cada una de sus reflexiones. Pues bien, en ese contexto hay que leer a Don Rino y su conclusión. La excomunión latae sententiae es la verdad objetiva y su peso recae “objetivamente” sobre los colaboradores directos del aborto, independientemente de lo que podamos pensar, desear o querer, y asunto perfectamente claro al que el autor no pretende ni negar ni restarle gravedad; sin embargo el merecimiento “Sono altri che meritano la scomunica e il nostro perdono, non quanti ti hanno permesso di vivere e ti aiuteranno a recuperare la speranza e la fiducia.” está en el ámbito de la subjetividad de Fisichella y no pretende darle a sus palabras ni fuerza de ley ni cambiar el estado de las cosas. Habló el Arzobispo mirando la situación de “Carmen” y no solo al “Codex Iuris Canonici”, habló el Arzobispo mirando al deleznable padrastro, habló el Arzobispo gritando contra la pobreza extrema, habló el Arzobispo mirando la falta de valores familiares, habló el Arzobispo como pastor tratando de llevar la bondadosa misericordia a los corazones desgarrados por el pecado.
El verdadero sentido de la excomunión es hacer reflexionar al pecador para que se arrepienta de sus pecados, pero ¿cómo puede haber arrepentimiento sin una clara manifestación de misericordia y de bondad? ¿cómo puede la persona creer en la redención de sus pecados personales si no distingue una señal de misericordia en los que han recibido del mismo Cristo la misión de absolver los pecados en Su nombre?.
La subjetividad de Fisichella no anula la verdad objetiva de la excomunión, sino que brinda una perspectiva de amor, de solidaridad, de misericordia a la marmórea frialdad del Cuerpo de Leyes eclesiásticas, sin cambiarlas, tal vez en consonancia con “Misericordia quiero y no sacrificios”
Era necesario presentar en su Carta Abierta a monseñor Fisichella como laxo moralmente? Como exponente de la iglesia del “tal vez”, del “veamos si se puede”, del “a lo mejor…”? en contraposición a la Iglesia del “si,si…no,no”?
Me parece, con todo el respeto a su persona, que con esa Carta Abierta, al poner en duda la solidez de la doctrina de Mons. Fisichella, usted tampoco contribuye ni al aumento de los fieles ni a que los que ya forman parte se mantengan dentro de la Barca de Pedro.
Atentamente
Carlos Ares García
Sacerdote
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Francesco Cossiga
Ex presidente de la República Italiana
y Senador Vitalicio
Presente.-
Muy apreciado On. Cossiga:
Leí con mucha atención y respeto su carta-respuesta a Mons. Fisichella y me pareció poco justa.
Debo decirle que medité mucho esta carta por el “doble efecto” de apreciarle a Ud. figura que conocí a través de mi estadía como estudiante de teología en la casa generalicia de los Padres Rosminianos en Porta Latina, y al mismo tiempo conocer y apreciar al Profesor Rino Fisichella como mi maestro de Teología Fundamental en la Pontificia Universidad Gregoriana.
Creo entender, ciertamente mis limitadas capacidades intelectuales a veces no me permiten conocer lo profundo de las cosas, que Monseñor Fisichella manifiesta su disconformidad con el obispo de Recife por “haber abierto la boca en el peor momento”; no está juzgando la certeza o no del peso de las declaraciones del obispo brasileño, que por cierto están ajustadas a derecho, sino los dos caminos posibles para enfrentarse a la noticia: el camino de “lex, dura lex, sed lex” (adoptado por el brasileño) o el camino de la “legis plenitudo caritas” que manifiesta Fisichella.
Este último hace una muy acertada reflexión (in genere) del dramático proceso que ocurre en la mente y el alma de un médico que se enfrenta a una decisión de ese tipo en la que debe decidir en materia tan delicada como complicada, y sin justificar la negación de los principios fundamentales del catolicismo en materia de vida, lo que pide es que la reflexión en el juicio al médico no sea ni apresurada ni pueril.
Al mismo tiempo, aún cuando reconoce que el obispo de Recife actuó ajustado a Derecho, también reconoce que no era el primer paso declarar la condena de excomunión sino acercarse con amor a esta niña para manifestarle que en tan grave situación no está sola; que nuestro afecto y nuestras oraciones están con ella “Non c'era bisogno, riteniamo, di tanta urgenza e pubblicità nel dichiarare un fatto che si attua in maniera automatica. Ciò di cui si sente maggiormente il bisogno in questo momento è il segno di una testimonianza di vicinanza con chi soffre, un atto di misericordia che, pur mantenendo fermo il principio, è capace di guardare oltre la sfera giuridica per raggiungere ciò che il diritto stesso prevede come scopo della sua esistenza: il bene e la salvezza di quanti credono nell'amore del Padre e di quanti accolgono il vangelo di Cristo come i bambini, che Gesù chiamava accanto a sé e stringeva tra le sue braccia dicendo che il regno dei cieli appartiene a chi è come loro”.
El último párrafo del artículo de L’Osservatore sería el que tanto resquemor y vestiduras rasgadas ha causado en ciertos ámbitos eclesiales y extra eclesiales. Al respecto, vienen a mi memoria las charlas de espiritualidad de Don Francesco Berra, a quien usted debió conocer y apreciar tan bien como yo. Don Berra hacía siempre énfasis en la diferencia entre “la verdad objetiva y la verdad subjetiva”, conceptos que como dúo inseparable formaban parte obligatoria de cada una de sus reflexiones. Pues bien, en ese contexto hay que leer a Don Rino y su conclusión. La excomunión latae sententiae es la verdad objetiva y su peso recae “objetivamente” sobre los colaboradores directos del aborto, independientemente de lo que podamos pensar, desear o querer, y asunto perfectamente claro al que el autor no pretende ni negar ni restarle gravedad; sin embargo el merecimiento “Sono altri che meritano la scomunica e il nostro perdono, non quanti ti hanno permesso di vivere e ti aiuteranno a recuperare la speranza e la fiducia.” está en el ámbito de la subjetividad de Fisichella y no pretende darle a sus palabras ni fuerza de ley ni cambiar el estado de las cosas. Habló el Arzobispo mirando la situación de “Carmen” y no solo al “Codex Iuris Canonici”, habló el Arzobispo mirando al deleznable padrastro, habló el Arzobispo gritando contra la pobreza extrema, habló el Arzobispo mirando la falta de valores familiares, habló el Arzobispo como pastor tratando de llevar la bondadosa misericordia a los corazones desgarrados por el pecado.
El verdadero sentido de la excomunión es hacer reflexionar al pecador para que se arrepienta de sus pecados, pero ¿cómo puede haber arrepentimiento sin una clara manifestación de misericordia y de bondad? ¿cómo puede la persona creer en la redención de sus pecados personales si no distingue una señal de misericordia en los que han recibido del mismo Cristo la misión de absolver los pecados en Su nombre?.
La subjetividad de Fisichella no anula la verdad objetiva de la excomunión, sino que brinda una perspectiva de amor, de solidaridad, de misericordia a la marmórea frialdad del Cuerpo de Leyes eclesiásticas, sin cambiarlas, tal vez en consonancia con “Misericordia quiero y no sacrificios”
Era necesario presentar en su Carta Abierta a monseñor Fisichella como laxo moralmente? Como exponente de la iglesia del “tal vez”, del “veamos si se puede”, del “a lo mejor…”? en contraposición a la Iglesia del “si,si…no,no”?
Me parece, con todo el respeto a su persona, que con esa Carta Abierta, al poner en duda la solidez de la doctrina de Mons. Fisichella, usted tampoco contribuye ni al aumento de los fieles ni a que los que ya forman parte se mantengan dentro de la Barca de Pedro.
Atentamente
Carlos Ares García
Sacerdote
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jueves, 19 de marzo de 2009
"¿Y YO?" una campaña genial de los obispos españoles

La campaña para la Jornada de la Vida lanzada por la Conferencia Episcopal ya está en la calle. El lince en peligro de extinción y el ser humano desechado con leyes abortivas. Y como era de esperar algunos se presta a sacar tajada del asunto desviando a la opinión pública de problemas más acuciantes. A poco que sigamos el juego político del partido socialista, vemos con claridad que no perdonan ni una. El tema fundamental del laicismo y el ogro clerical lanzando anatemas, les viene de maravilla para desprestigiar a la Iglesia y seguir considerándose paladines de la progresía.
Pero la Conferencia Episcopal les ha devuelto la pelota. Abrir un debate sobre el aborto y más aún, sobre si es necesario proteger al embrión cuyo derecho a venir al mundo está siendo cuestionado por las Leyes por aborto o los experimentos de laboratorio, ha sido un golpe genial. Podrán darle las vueltas que quieren pero desmonta la progresía ecológica que renuncia a defender la vida del feto. Aquí no se cuestiona encerrar o no encerrar a las mujeres, criminalizando el aborto. No, es que el aborto es un crimen, la ley sólo lo ha despenalizado en unos supuestos que han resultado ser un verdadero coladero.
Defender el derecho al aborto, es de por sí el mayor genocidio que puede cometer un gobierno. Las cifras son escandalosas y los derechos humanos, cuyo principal fundamento es el derecho a la vida, parecen estar eclipsados por un gran negocio montado a la sombra del aborto. Ahora se quiere dar la vuelta al lema de la Conferencia Episcopal y acusarla de querer criminalizar a la mujer. ¿Díganme por donde llegan a esa conclusión?.
Ni una cosa ni otra. Ni la inocencia simple de Frei Betto, dando argumentos para justificar el aborto. Ni la hipócrita mirada de quien justifica la protección legal de las especies y olvida a los seres humanos más débiles y vulnerables. La puerta está abierta para seguir debatiendo desde la serenidad. En principio los temas de bioética son muy difíciles de explicar a los ciudadanos de a pie. En la calle la batalla se reduce al derecho a hacer lo que quiera con mi cuerpo, que proviene del feminismo egoísta y radical y va parejo con la fobia anticlerical que considera una intromisión cuestionar una ley parlamentaria. Como si no hubieran habido leyes democráticas con fondo totalitario y fascista.
Ninguna de ambas cosas está bien planteada. En principio el embrión anida en un vientre que hoy en día ya puede ser de alquiler. Las consideraciones sobre la licitud moral de estos hechos entran en conflicto con los avances de la ciencia que no le pone puertas a nada ni a nadie. Pero es que además la Iglesia ha sido hábil, muestra la incoherencia de nuestra sociedad. No está exigiendo cambiar unas leyes aprobadas en el Parlamento, sino reflejar una sociedad anestesiada y llena de soberbia, manipuladora de la vida, con fines en principio humanitarios; y que sin embargo derivan en monstruosidades que todos tenemos en la mente.
¿No estamos en democracia?. Es propio de una sociedad sana el debate y el consenso dando argumentos. Algunos no se enteran, pero los expertos ya han levantado su voz. Hay un manifiesto firmado por relevantes profesores de diferentes campos y en especial el de la biología y la ciencia. Todos coinciden en afirmar que hay vida desde el principio. En la actualidad con los avances de hoy en día ya no cabe ningún tipo de duda, por qué no vamos a pedir una legislación que apoye a la mujer embaraza y preserve el derecho a nacer del feto. Más aún, ¿no ha llegado el momento de proteger al embrión?. Sabemos que los científicos manipulan la vida con plena libertad. Sus fines son humanitarios, pero legitiman destruir otros embriones. ¿Quién protege al embrión?. Porque pudiera ser que el niño medicamento se pregunte que está vivo por ser útil a su hermano, en caso contrario habría sido eliminado, como así sucedió con el resto de embriones desechados.
Así que el debate está más abierto que nunca. Y no lo ha puesto en la mesa la Conferencia Episcopal, sino el partido socialista que intenta modificar una Ley desde la irresponsabilidad; o vender al público lo listos que son en el Ministerio de Bernat Soria. Sin pensar en las consecuencias futuras, ni consultar los pros y los contras. Eso se llama buscar el aplauso fácil y ramplón, el voto fácil de quienes viven con la conciencia adormecida. Ahora además, instrumentalizan la campaña “¿Y yo?”, para echar pestes contra la Iglesia. Pero se van a quedar solos. Porque el movimiento Pro vida está hoy en día mucho más activo que hace veinte años
Tomado del Blog La voz de la semilla de Carmen Bellver
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Pero la Conferencia Episcopal les ha devuelto la pelota. Abrir un debate sobre el aborto y más aún, sobre si es necesario proteger al embrión cuyo derecho a venir al mundo está siendo cuestionado por las Leyes por aborto o los experimentos de laboratorio, ha sido un golpe genial. Podrán darle las vueltas que quieren pero desmonta la progresía ecológica que renuncia a defender la vida del feto. Aquí no se cuestiona encerrar o no encerrar a las mujeres, criminalizando el aborto. No, es que el aborto es un crimen, la ley sólo lo ha despenalizado en unos supuestos que han resultado ser un verdadero coladero.
Defender el derecho al aborto, es de por sí el mayor genocidio que puede cometer un gobierno. Las cifras son escandalosas y los derechos humanos, cuyo principal fundamento es el derecho a la vida, parecen estar eclipsados por un gran negocio montado a la sombra del aborto. Ahora se quiere dar la vuelta al lema de la Conferencia Episcopal y acusarla de querer criminalizar a la mujer. ¿Díganme por donde llegan a esa conclusión?.
Ni una cosa ni otra. Ni la inocencia simple de Frei Betto, dando argumentos para justificar el aborto. Ni la hipócrita mirada de quien justifica la protección legal de las especies y olvida a los seres humanos más débiles y vulnerables. La puerta está abierta para seguir debatiendo desde la serenidad. En principio los temas de bioética son muy difíciles de explicar a los ciudadanos de a pie. En la calle la batalla se reduce al derecho a hacer lo que quiera con mi cuerpo, que proviene del feminismo egoísta y radical y va parejo con la fobia anticlerical que considera una intromisión cuestionar una ley parlamentaria. Como si no hubieran habido leyes democráticas con fondo totalitario y fascista.
Ninguna de ambas cosas está bien planteada. En principio el embrión anida en un vientre que hoy en día ya puede ser de alquiler. Las consideraciones sobre la licitud moral de estos hechos entran en conflicto con los avances de la ciencia que no le pone puertas a nada ni a nadie. Pero es que además la Iglesia ha sido hábil, muestra la incoherencia de nuestra sociedad. No está exigiendo cambiar unas leyes aprobadas en el Parlamento, sino reflejar una sociedad anestesiada y llena de soberbia, manipuladora de la vida, con fines en principio humanitarios; y que sin embargo derivan en monstruosidades que todos tenemos en la mente.
¿No estamos en democracia?. Es propio de una sociedad sana el debate y el consenso dando argumentos. Algunos no se enteran, pero los expertos ya han levantado su voz. Hay un manifiesto firmado por relevantes profesores de diferentes campos y en especial el de la biología y la ciencia. Todos coinciden en afirmar que hay vida desde el principio. En la actualidad con los avances de hoy en día ya no cabe ningún tipo de duda, por qué no vamos a pedir una legislación que apoye a la mujer embaraza y preserve el derecho a nacer del feto. Más aún, ¿no ha llegado el momento de proteger al embrión?. Sabemos que los científicos manipulan la vida con plena libertad. Sus fines son humanitarios, pero legitiman destruir otros embriones. ¿Quién protege al embrión?. Porque pudiera ser que el niño medicamento se pregunte que está vivo por ser útil a su hermano, en caso contrario habría sido eliminado, como así sucedió con el resto de embriones desechados.
Así que el debate está más abierto que nunca. Y no lo ha puesto en la mesa la Conferencia Episcopal, sino el partido socialista que intenta modificar una Ley desde la irresponsabilidad; o vender al público lo listos que son en el Ministerio de Bernat Soria. Sin pensar en las consecuencias futuras, ni consultar los pros y los contras. Eso se llama buscar el aplauso fácil y ramplón, el voto fácil de quienes viven con la conciencia adormecida. Ahora además, instrumentalizan la campaña “¿Y yo?”, para echar pestes contra la Iglesia. Pero se van a quedar solos. Porque el movimiento Pro vida está hoy en día mucho más activo que hace veinte años
Tomado del Blog La voz de la semilla de Carmen Bellver
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martes, 17 de marzo de 2009
Traducción del editorial de l'Osservatore Romano
La parte de la niña brasileña
Rino Fisichella
Arzobispo presidente
De la Pontificia Academia para la Vida
El debate acerca de algunos temas muchas veces se hace estrecho y las diferentes perspectivas no siempre permiten considerar la importancia de lo que verdaderamente se pone en juego. Este es el momento en que se debe ver lo esencial y dejar por un momento lo que no toca directamente el problema. El caso en su dramatismo es simple. Una niña de apenas 9 años – la llamaremos Carmen- a quien debemos mirar fijamente a los ojos sin distraer la mirada ni siquiera un segundo, para demostrarle cuanto se la quiere. Carmen, en Recife (Brasil) fue violada repetidamente por su padrastro, se embaraza de mellizos y ya no tendrá una vida facil. La herida es profunda porque la violencia del todo gratuita la ha destruido interiormente y difícilmente le permitirá, en un futuro, mirar a los demás con amor.
Carmen representa una historia de violencia cotidiana que ha conseguido aparecer en las páginas de lo diarios solo porque el arzobispo de Olinda y Recife se apuró en declarar la excomunión a los médicos que la ayudaron a interrumpir el embarazo. Una historia de violencia que pudiera haber pasado de incógnito, (…) si no hubiera sido por la roncha que ha levantado la intervención del obispo. La violencia ejercida contra una mujer, grave de por sí, asume un valor aún mas despreciable cuando quien la sufre es una niña, con los agravantes de la pobreza y la degradación social en la que vive. No se encuentran palabras para condenar tales episodios y los sentimientos que brotan son frecuentemente una mezcla de rabia y de rencor que solo menguan cuando se hace justicia y la pena inflingida al delincuente de turno se hace efectiva.
Carmen, en primer lugar, debió ser defendida, abrazada, acariciada con dulzura para hacerle sentir que estábamos con ella, todos sin distinción alguna. Antes de pensar en la excomunión era necesario salvaguardar su vida inocente y llevarla a un nivel de humanidad del cual, nosotros, hombres de Iglesia deberíamos ser anunciadores expertos y maestros. No ha sido así, y lamentablemente se resiente la credibilidad de nuestra enseñanza que aparece ante los ojos de muchos como insensible, incomprensible y exenta de misericordia. Es verdad, Carmen llevaba en su seno otras vidas inocentes como ella, a pesar de ser fruto de la violencia, y han sido eliminadas; todo eso aún no basta para dar un juicio que pesa como una maza.
En el caso de Carmen se han encontrado la vida y la muerte. A causa de su corta edad y de las precarias condiciones de salud su vida estaba en serio peligro por el embarazo. ¿Cómo actuar en estos casos? Ardua decisión para un médico y para la misma ley moral. Decisiones como esta, a pesar de tener una casuística diferente, se repiten diariamente en las salas de emergencia y la conciencia del médico se encuentra sola consigo misma en el acto de deber decidir que es lo mejor que se debe hacer. Ninguno, por lo tanto, llega a una decisión de este tipo con desenvoltura; es injusto y ofensivo el solo pensarlo.
El debido respeto al profesionalismo del médico es una regla que debe involucrar a todos y nadie puede emitir un juicio negativo sin haber considerado el conflicto creado dentro del mismo médico. Cada médico lleva consigo su propia historia y su propia experiencia; una decisión como esa de deber salvar una vida, sabiendo que pone en serio riesgo una segunda, no viene jamás vivida con facilidad. Ciertamente, algunos se acostumbran a ese tipo de situaciones a tal grado que la decisión no les provoca algún tipo de emoción; estos son los casos en los que la elección del ejercicio de la medicina se degrada al mero oficio vivido sin entusiasmo y asumido pasivamente. Sin embargo, meter a todos en el mismo saco, mas que incorrecto, sería injusto.
Carmen ha vuelto a colocar sobre el tapete un caso moral de los mas delicados; tratarlo apresuradamente no le haría justicia ni a su frágil persona ni a cuantos se han visto involucrados en los diferentes roles de esta historia. Como cada caso particular y concreto, por lo tanto, amerita ser analizado en su particularidad, sin generalizaciones. La moral católica tiene principios de los que no se puede prescindir, aunque se deseara. La defensa de la vida humana desde su concepción pertenece a estos principios y se justifica por la sacralidad de la existencia. Cada ser humano desde el primer instante lleva impreso en sí mismo la imagen del Creador, y por eso debemos convencernos que le deban ser reconocidos la dignidad y los derechos de toda persona, primeros entre todos los de la intangibilidad e inviolabilidad.
El aborto provocado siempre ha sido condenado por la Ley Moral como un acto intrínsecamente malo y esta enseñanza permanece inmutable en nuestros días desde el mismo inicio de la Iglesia. El Concilio Vaticano II en la Gaudium et Spes –documento de gran apertura referente al mundo contemporáneo- utiliza de manera inesperada palabras inequívocas y duras contra el aborto directo. La misma colaboración formal constituye una culpa grave que, cuando se realiza, lleva automáticamente a la salida de la comunidad cristiana. Técnicamente el Código de Derecho Canónico usa la expresión “latae sententiae” para indicar que la excomunión se hace efectiva desde el mismo momento en que se comete el hecho.
No había necesidad, insistimos, de tanta urgencia y publicidad en el declarar un hecho que se efectúa de manera automática. De lo que mayormente se siente la necesidad en este momento es de un signo de cercanía con quien sufre, un acto de misericordia que, aún manteniendo firmes los principios, sea capaz de mirar mas allá de la esfera jurídica para alcanzar lo que el mismo Derecho prevee como razón de su existencia: el bien y la salvación de cuantos creen en el amor del Padre y de cuantos reciben el Evangelio de Cristo como niños, a quienes Jesús llamaba junto a sí y les estrechaba entre sus brazos diciendo que el Reino le pertenece a quienes son como ellos.
Carmen, estamos de tu parte. Participamos contigo del sufrimiento que has probado, quisiéramos hacer de todo para restituirte la dignidad que te fue arrebatada y el amor del que tendrás aún mas necesidad. Son otros los que merecen la excomunión y nuestro perdón, no aquellos que te han permitido vivir y te ayudarán a recuperar la esperanza y la confianza, a pesar de la presencia del mal y la perversidad de muchos.
(intento de traducción por este servidor de ustedes)
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Rino Fisichella
Arzobispo presidente
De la Pontificia Academia para la Vida
El debate acerca de algunos temas muchas veces se hace estrecho y las diferentes perspectivas no siempre permiten considerar la importancia de lo que verdaderamente se pone en juego. Este es el momento en que se debe ver lo esencial y dejar por un momento lo que no toca directamente el problema. El caso en su dramatismo es simple. Una niña de apenas 9 años – la llamaremos Carmen- a quien debemos mirar fijamente a los ojos sin distraer la mirada ni siquiera un segundo, para demostrarle cuanto se la quiere. Carmen, en Recife (Brasil) fue violada repetidamente por su padrastro, se embaraza de mellizos y ya no tendrá una vida facil. La herida es profunda porque la violencia del todo gratuita la ha destruido interiormente y difícilmente le permitirá, en un futuro, mirar a los demás con amor.
Carmen representa una historia de violencia cotidiana que ha conseguido aparecer en las páginas de lo diarios solo porque el arzobispo de Olinda y Recife se apuró en declarar la excomunión a los médicos que la ayudaron a interrumpir el embarazo. Una historia de violencia que pudiera haber pasado de incógnito, (…) si no hubiera sido por la roncha que ha levantado la intervención del obispo. La violencia ejercida contra una mujer, grave de por sí, asume un valor aún mas despreciable cuando quien la sufre es una niña, con los agravantes de la pobreza y la degradación social en la que vive. No se encuentran palabras para condenar tales episodios y los sentimientos que brotan son frecuentemente una mezcla de rabia y de rencor que solo menguan cuando se hace justicia y la pena inflingida al delincuente de turno se hace efectiva.
Carmen, en primer lugar, debió ser defendida, abrazada, acariciada con dulzura para hacerle sentir que estábamos con ella, todos sin distinción alguna. Antes de pensar en la excomunión era necesario salvaguardar su vida inocente y llevarla a un nivel de humanidad del cual, nosotros, hombres de Iglesia deberíamos ser anunciadores expertos y maestros. No ha sido así, y lamentablemente se resiente la credibilidad de nuestra enseñanza que aparece ante los ojos de muchos como insensible, incomprensible y exenta de misericordia. Es verdad, Carmen llevaba en su seno otras vidas inocentes como ella, a pesar de ser fruto de la violencia, y han sido eliminadas; todo eso aún no basta para dar un juicio que pesa como una maza.
En el caso de Carmen se han encontrado la vida y la muerte. A causa de su corta edad y de las precarias condiciones de salud su vida estaba en serio peligro por el embarazo. ¿Cómo actuar en estos casos? Ardua decisión para un médico y para la misma ley moral. Decisiones como esta, a pesar de tener una casuística diferente, se repiten diariamente en las salas de emergencia y la conciencia del médico se encuentra sola consigo misma en el acto de deber decidir que es lo mejor que se debe hacer. Ninguno, por lo tanto, llega a una decisión de este tipo con desenvoltura; es injusto y ofensivo el solo pensarlo.
El debido respeto al profesionalismo del médico es una regla que debe involucrar a todos y nadie puede emitir un juicio negativo sin haber considerado el conflicto creado dentro del mismo médico. Cada médico lleva consigo su propia historia y su propia experiencia; una decisión como esa de deber salvar una vida, sabiendo que pone en serio riesgo una segunda, no viene jamás vivida con facilidad. Ciertamente, algunos se acostumbran a ese tipo de situaciones a tal grado que la decisión no les provoca algún tipo de emoción; estos son los casos en los que la elección del ejercicio de la medicina se degrada al mero oficio vivido sin entusiasmo y asumido pasivamente. Sin embargo, meter a todos en el mismo saco, mas que incorrecto, sería injusto.
Carmen ha vuelto a colocar sobre el tapete un caso moral de los mas delicados; tratarlo apresuradamente no le haría justicia ni a su frágil persona ni a cuantos se han visto involucrados en los diferentes roles de esta historia. Como cada caso particular y concreto, por lo tanto, amerita ser analizado en su particularidad, sin generalizaciones. La moral católica tiene principios de los que no se puede prescindir, aunque se deseara. La defensa de la vida humana desde su concepción pertenece a estos principios y se justifica por la sacralidad de la existencia. Cada ser humano desde el primer instante lleva impreso en sí mismo la imagen del Creador, y por eso debemos convencernos que le deban ser reconocidos la dignidad y los derechos de toda persona, primeros entre todos los de la intangibilidad e inviolabilidad.
El aborto provocado siempre ha sido condenado por la Ley Moral como un acto intrínsecamente malo y esta enseñanza permanece inmutable en nuestros días desde el mismo inicio de la Iglesia. El Concilio Vaticano II en la Gaudium et Spes –documento de gran apertura referente al mundo contemporáneo- utiliza de manera inesperada palabras inequívocas y duras contra el aborto directo. La misma colaboración formal constituye una culpa grave que, cuando se realiza, lleva automáticamente a la salida de la comunidad cristiana. Técnicamente el Código de Derecho Canónico usa la expresión “latae sententiae” para indicar que la excomunión se hace efectiva desde el mismo momento en que se comete el hecho.
No había necesidad, insistimos, de tanta urgencia y publicidad en el declarar un hecho que se efectúa de manera automática. De lo que mayormente se siente la necesidad en este momento es de un signo de cercanía con quien sufre, un acto de misericordia que, aún manteniendo firmes los principios, sea capaz de mirar mas allá de la esfera jurídica para alcanzar lo que el mismo Derecho prevee como razón de su existencia: el bien y la salvación de cuantos creen en el amor del Padre y de cuantos reciben el Evangelio de Cristo como niños, a quienes Jesús llamaba junto a sí y les estrechaba entre sus brazos diciendo que el Reino le pertenece a quienes son como ellos.
Carmen, estamos de tu parte. Participamos contigo del sufrimiento que has probado, quisiéramos hacer de todo para restituirte la dignidad que te fue arrebatada y el amor del que tendrás aún mas necesidad. Son otros los que merecen la excomunión y nuestro perdón, no aquellos que te han permitido vivir y te ayudarán a recuperar la esperanza y la confianza, a pesar de la presencia del mal y la perversidad de muchos.
(intento de traducción por este servidor de ustedes)
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Editorial (en italiano) de l'Osservatore Romano por Rino Fisichella
Como anuncié al final del artículo anterior les publico el editorial del Osservatore Romano

Dalla parte
della bambina brasiliana
di Rino Fisichella
Arcivescovo presidente
della Pontificia Accademia per la Vita
Il dibattito su alcune questioni si fa spesso serrato e le differenti prospettive non sempre permettono di considerare quanto la posta in gioco sia veramente grande. È questo il momento in cui si deve guardare all'essenziale e, per un attimo, lasciare in disparte ciò che non tocca direttamente il problema. Il caso nella sua drammaticità è semplice. C'è una bambina di soli nove anni - la chiameremo Carmen - che dobbiamo guardare fisso negli occhi senza distrarre lo sguardo neppure un attimo, per farle capire quanto le si vuole bene. Carmen, a Recife, in Brasile, viene violentata ripetutamente dal giovane patrigno, rimane incinta di due gemellini e non avrà più una vita facile. La ferita è profonda perché la violenza del tutto gratuita l'ha distrutta dentro e difficilmente le permetterà in futuro di guardare agli altri con amore.
Carmen rappresenta una storia di quotidiana violenza e ha guadagnato le pagine dei giornali solo perché l'arcivescovo di Olinda e Recife si è affrettato a dichiarare la scomunica per i medici che l'hanno aiutata a interrompere la gravidanza. Una storia di violenza che, purtroppo, sarebbe passata inosservata, tanto si è abituati a subire ogni giorno fatti di una gravità ineguagliabile, se non fosse stato per lo scalpore e le reazioni suscitate dall'intervento del vescovo. La violenza su una donna, già grave di per sé, assume una valenza ancora più deprecabile quando a subirla è una bambina, con l'aggravante della povertà e del degrado sociale in cui vive. Non c'è linguaggio corrispondente per condannare tali episodi, e i sentimenti che ne derivano sono spesso una miscela di rabbia e di rancore che si assopiscono solo quando viene fatta realmente giustizia e la pena inflitta al delinquente di turno ha certezza di essere scontata.
Carmen doveva essere in primo luogo difesa, abbracciata, accarezzata con dolcezza per farle sentire che eravamo tutti con lei; tutti, senza distinzione alcuna. Prima di pensare alla scomunica era necessario e urgente salvaguardare la sua vita innocente e riportarla a un livello di umanità di cui noi uomini di Chiesa dovremmo essere esperti annunciatori e maestri. Così non è stato e, purtroppo, ne risente la credibilità del nostro insegnamento che appare agli occhi di tanti come insensibile, incomprensibile e privo di misericordia. È vero, Carmen portava dentro di sé altre vite innocenti come la sua, anche se frutto della violenza, e sono state soppresse; ciò, tuttavia, non basta per dare un giudizio che pesa come una mannaia.
Nel caso di Carmen si sono scontrate la vita e la morte. A causa della giovanissima età e delle condizioni di salute precarie la sua vita era in serio pericolo per la gravidanza in atto. Come agire in questi casi? Decisione ardua per il medico e per la stessa legge morale. Scelte come questa, anche se con una casistica differente, si ripetono quotidianamente nelle sale di rianimazione e la coscienza del medico si ritrova sola con se stessa nell'atto di dovere decidere cosa sia meglio fare. Nessuno, comunque, arriva a una decisione di questo genere con disinvoltura; è ingiusto e offensivo il solo pensarlo.
Il rispetto dovuto alla professionalità del medico è una regola che deve coinvolgere tutti e non può consentire di giungere a un giudizio negativo senza prima aver considerato il conflitto che si è creato nel suo intimo. Il medico porta con sé la sua storia e la sua esperienza; una scelta come quella di dover salvare una vita, sapendo che ne mette a serio rischio una seconda, non viene mai vissuta con facilità. Certo, alcuni si abituano alle situazioni così da non provare più neppure l'emozione; in questi casi, però, la scelta di essere medico viene degradata a solo mestiere vissuto senza entusiasmo e subito passivamente. Fare di tutta un'erba un fascio, tuttavia, oltre che scorretto sarebbe ingiusto.
Carmen ha riproposto un caso morale tra i più delicati; trattarlo sbrigativamente non renderebbe giustizia né alla sua fragile persona né a quanti sono coinvolti a diverso titolo nella vicenda. Come ogni caso singolo e concreto, comunque, merita di essere analizzato nella sua peculiarità, senza generalizzazioni. La morale cattolica ha principi da cui non può prescindere, anche se lo volesse. La difesa della vita umana fin dal suo concepimento appartiene a uno di questi e si giustifica per la sacralità dell'esistenza. Ogni essere umano, infatti, fin dal primo istante porta impressa in sé l'immagine del Creatore, e per questo siamo convinti che debbano essergli riconosciuti la dignità e i diritti di ogni persona, primo fra tutti quello della sua intangibilità e inviolabilità.
L'aborto provocato è sempre stato condannato dalla legge morale come un atto intrinsecamente cattivo e questo insegnamento permane immutato ai nostri giorni fin dai primordi della Chiesa. Il concilio Vaticano ii nella Gaudium et spes - documento di grande apertura e accortezza in riferimento al mondo contemporaneo - usa in maniera inaspettata parole inequivocabili e durissime contro l'aborto diretto. La stessa collaborazione formale costituisce una colpa grave che, quando è realizzata, porta automaticamente al di fuori della comunità cristiana. Tecnicamente, il Codice di diritto canonico usa l'espressione latae sententiae per indicare che la scomunica si attua appunto nel momento stesso in cui il fatto avviene.
Non c'era bisogno, riteniamo, di tanta urgenza e pubblicità nel dichiarare un fatto che si attua in maniera automatica. Ciò di cui si sente maggiormente il bisogno in questo momento è il segno di una testimonianza di vicinanza con chi soffre, un atto di misericordia che, pur mantenendo fermo il principio, è capace di guardare oltre la sfera giuridica per raggiungere ciò che il diritto stesso prevede come scopo della sua esistenza: il bene e la salvezza di quanti credono nell'amore del Padre e di quanti accolgono il vangelo di Cristo come i bambini, che Gesù chiamava accanto a sé e stringeva tra le sue braccia dicendo che il regno dei cieli appartiene a chi è come loro.
Carmen, stiamo dalla tua parte. Condividiamo con te la sofferenza che hai provato, vorremmo fare di tutto per restituirti la dignità di cui sei stata privata e l'amore di cui avrai ancora più bisogno. Sono altri che meritano la scomunica e il nostro perdono, non quanti ti hanno permesso di vivere e ti aiuteranno a recuperare la speranza e la fiducia. Nonostante la presenza del male e la cattiveria di molti.
(Traducción aquí)
política+venezolana, actualidad, iglesia católica, Venezuela
actualidad
politica
venezuela

Dalla parte
della bambina brasiliana
di Rino Fisichella
Arcivescovo presidente
della Pontificia Accademia per la Vita
Il dibattito su alcune questioni si fa spesso serrato e le differenti prospettive non sempre permettono di considerare quanto la posta in gioco sia veramente grande. È questo il momento in cui si deve guardare all'essenziale e, per un attimo, lasciare in disparte ciò che non tocca direttamente il problema. Il caso nella sua drammaticità è semplice. C'è una bambina di soli nove anni - la chiameremo Carmen - che dobbiamo guardare fisso negli occhi senza distrarre lo sguardo neppure un attimo, per farle capire quanto le si vuole bene. Carmen, a Recife, in Brasile, viene violentata ripetutamente dal giovane patrigno, rimane incinta di due gemellini e non avrà più una vita facile. La ferita è profonda perché la violenza del tutto gratuita l'ha distrutta dentro e difficilmente le permetterà in futuro di guardare agli altri con amore.
Carmen rappresenta una storia di quotidiana violenza e ha guadagnato le pagine dei giornali solo perché l'arcivescovo di Olinda e Recife si è affrettato a dichiarare la scomunica per i medici che l'hanno aiutata a interrompere la gravidanza. Una storia di violenza che, purtroppo, sarebbe passata inosservata, tanto si è abituati a subire ogni giorno fatti di una gravità ineguagliabile, se non fosse stato per lo scalpore e le reazioni suscitate dall'intervento del vescovo. La violenza su una donna, già grave di per sé, assume una valenza ancora più deprecabile quando a subirla è una bambina, con l'aggravante della povertà e del degrado sociale in cui vive. Non c'è linguaggio corrispondente per condannare tali episodi, e i sentimenti che ne derivano sono spesso una miscela di rabbia e di rancore che si assopiscono solo quando viene fatta realmente giustizia e la pena inflitta al delinquente di turno ha certezza di essere scontata.
Carmen doveva essere in primo luogo difesa, abbracciata, accarezzata con dolcezza per farle sentire che eravamo tutti con lei; tutti, senza distinzione alcuna. Prima di pensare alla scomunica era necessario e urgente salvaguardare la sua vita innocente e riportarla a un livello di umanità di cui noi uomini di Chiesa dovremmo essere esperti annunciatori e maestri. Così non è stato e, purtroppo, ne risente la credibilità del nostro insegnamento che appare agli occhi di tanti come insensibile, incomprensibile e privo di misericordia. È vero, Carmen portava dentro di sé altre vite innocenti come la sua, anche se frutto della violenza, e sono state soppresse; ciò, tuttavia, non basta per dare un giudizio che pesa come una mannaia.
Nel caso di Carmen si sono scontrate la vita e la morte. A causa della giovanissima età e delle condizioni di salute precarie la sua vita era in serio pericolo per la gravidanza in atto. Come agire in questi casi? Decisione ardua per il medico e per la stessa legge morale. Scelte come questa, anche se con una casistica differente, si ripetono quotidianamente nelle sale di rianimazione e la coscienza del medico si ritrova sola con se stessa nell'atto di dovere decidere cosa sia meglio fare. Nessuno, comunque, arriva a una decisione di questo genere con disinvoltura; è ingiusto e offensivo il solo pensarlo.
Il rispetto dovuto alla professionalità del medico è una regola che deve coinvolgere tutti e non può consentire di giungere a un giudizio negativo senza prima aver considerato il conflitto che si è creato nel suo intimo. Il medico porta con sé la sua storia e la sua esperienza; una scelta come quella di dover salvare una vita, sapendo che ne mette a serio rischio una seconda, non viene mai vissuta con facilità. Certo, alcuni si abituano alle situazioni così da non provare più neppure l'emozione; in questi casi, però, la scelta di essere medico viene degradata a solo mestiere vissuto senza entusiasmo e subito passivamente. Fare di tutta un'erba un fascio, tuttavia, oltre che scorretto sarebbe ingiusto.
Carmen ha riproposto un caso morale tra i più delicati; trattarlo sbrigativamente non renderebbe giustizia né alla sua fragile persona né a quanti sono coinvolti a diverso titolo nella vicenda. Come ogni caso singolo e concreto, comunque, merita di essere analizzato nella sua peculiarità, senza generalizzazioni. La morale cattolica ha principi da cui non può prescindere, anche se lo volesse. La difesa della vita umana fin dal suo concepimento appartiene a uno di questi e si giustifica per la sacralità dell'esistenza. Ogni essere umano, infatti, fin dal primo istante porta impressa in sé l'immagine del Creatore, e per questo siamo convinti che debbano essergli riconosciuti la dignità e i diritti di ogni persona, primo fra tutti quello della sua intangibilità e inviolabilità.
L'aborto provocato è sempre stato condannato dalla legge morale come un atto intrinsecamente cattivo e questo insegnamento permane immutato ai nostri giorni fin dai primordi della Chiesa. Il concilio Vaticano ii nella Gaudium et spes - documento di grande apertura e accortezza in riferimento al mondo contemporaneo - usa in maniera inaspettata parole inequivocabili e durissime contro l'aborto diretto. La stessa collaborazione formale costituisce una colpa grave che, quando è realizzata, porta automaticamente al di fuori della comunità cristiana. Tecnicamente, il Codice di diritto canonico usa l'espressione latae sententiae per indicare che la scomunica si attua appunto nel momento stesso in cui il fatto avviene.
Non c'era bisogno, riteniamo, di tanta urgenza e pubblicità nel dichiarare un fatto che si attua in maniera automatica. Ciò di cui si sente maggiormente il bisogno in questo momento è il segno di una testimonianza di vicinanza con chi soffre, un atto di misericordia che, pur mantenendo fermo il principio, è capace di guardare oltre la sfera giuridica per raggiungere ciò che il diritto stesso prevede come scopo della sua esistenza: il bene e la salvezza di quanti credono nell'amore del Padre e di quanti accolgono il vangelo di Cristo come i bambini, che Gesù chiamava accanto a sé e stringeva tra le sue braccia dicendo che il regno dei cieli appartiene a chi è come loro.
Carmen, stiamo dalla tua parte. Condividiamo con te la sofferenza che hai provato, vorremmo fare di tutto per restituirti la dignità di cui sei stata privata e l'amore di cui avrai ancora più bisogno. Sono altri che meritano la scomunica e il nostro perdono, non quanti ti hanno permesso di vivere e ti aiuteranno a recuperare la speranza e la fiducia. Nonostante la presenza del male e la cattiveria di molti.
(Traducción aquí)
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