Mostrando entradas con la etiqueta caridad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta caridad. Mostrar todas las entradas

martes, 15 de junio de 2010

El sacerdote que se convirtió en mi papá...


Marcelino nació en Arguiñano, pequeño pueblo de Navarra (España), un 24 de Enero de 1922. Fue el quinto de siete hermanos (el menor de los varones). Su padre fue un humilde campesino que probó suerte como emigrante en Argentina sin obtener éxito, sin embargo su Tío (el cual había acompañado al padre en esta aventura), sí logró cosechar una aceptable fortuna con la cual pronto volvería a España para radicarse en la capital de Navarra, Pamplona.

La pobreza reinante en la casa del pueblo de Arguiñano hizo que el Tío asumiera la formación de Marcelino. El sueño del Tío era que su sobrino fuese Médico. Lo que no pudo predecir es que el Espíritu Santo pronto revolotearía dentro del corazón del sobrino para impregnarlo de una vocación sacerdotal definitiva y poderosa. En contra de los deseos de su Tío, Marcelino casi niño ingresaría al Seminario y se formaría en medio de una cruenta Guerra Civil que perseguía y daba muerte a aquellos que ofrecían sus almas a Dios.
Al cabo de unos años ya Marcelino se ordenaba Sacerdote, presentándosele de inmediato el ofrecimiento de integrar un grupo de jóvenes que llevarían el Evangelio al lejano Continente Americano. Su primer destino, Colombia, asumiendo la gran responsabilidad de ser Rector del Seminario. En un ambiente sumamente hostil y violento, el nivel de stress al que se expuso lo obligó a regresar al país natal para replantearse su estadía en el nuevo mundo. A los pocos meses y pese a la insistencia de sus Tíos para que se quedara ejerciendo el Sacerdocio en Pamplona, Marcelino decidió volver a América, esta vez a Venezuela. Luego de permanecer unos pocos años en Maracaibo, fue trasladado a una pequeña población del Estado Carabobo para que prácticamente fundara una parroquia.

Marcelino se ganó casi de inmediato el afecto de los habitantes de este humilde pueblo que consistía en una Central Azucarera. Entre sus principales logros estuvo el fundar una escuela con el apoyo de una congregación de monjas, en donde también fue el Director y maestro de diferentes materias. Los niños se acercaban a la iglesia deseando colaborar en las misas cumpliendo el rol de monaguillos. Uno de ellos prácticamente fue adoptado por Marcelino. Este niño había perdido tempranamente a su padre y su familia se encontraba en una situación económica muy precaria. El Sacerdote del pueblo le brindo desinteresadamente vivienda, comida y educación. Ese niño era mi papá.

Cuando mis padres se casaron con poco más de veinte años cada uno, decidieron quedarse a vivir en compañía del Sacerdote. Al año nací yo y como un homenaje de amor me colocaron el nombre del Curita: Marcelino. Cuando comencé a decir mis primeras palabras, aparte de “mamá” y “papá” intenté decir “Padre”, sin embargo mi temprana habilidad articulatoria solo me permitió decir: “Paye”…..y así le llamamos todos hasta el día de hoy.
Mi Paye vendría siendo para mí como un abuelo, sin embargo, mi papá biológico siempre se mantuvo muy al margen de la familia, ausente, alejado de los momentos más importantes, nunca lo he querido juzgar (no soy nadie para hacerlo), sin embargo mi Paye siempre estuvo allí y en los primeros años fue el que se trasnochó con mi madre, vigilando mi sueño, lavando pañales, preparando teteros.

Cuando yo tenía 3 años, nos mudamos a otra Parroquia, en la cual mi Paye emprendería una gran obra por la cual aún es recordado con infinito cariño, la Parroquia de “Nuestra Señora de La Begoña”, casualmente una invocación Vasca de la Virgen. En esa Iglesia prácticamente yo crecí, asistía en las mañanas a la Escuela Parroquial y en las tardes acompañaba a mi abuelito Sacerdote en su trabajo. Fui testigo de las múltiples facetas que ejercía para satisfacer las necesidades de sus feligreses: Psicólogo, Músico, Poeta, Orador, Político y pare Usted de contar. En las noches aún tenía energía para mí y muchas fueron las noches en que me dormí escuchando sus cuentos y anécdotas del Seminario. Mi infancia fue mágica gracias a él. Todo alrededor era propicio y contribuía a esa magia. Al lado de la Iglesia del pueblo, aún se mantenían en pie las ruinas de la antigua Iglesia Colonial (la cual fue reconstruida al tiempo por sus gestiones), creando junto a una bella Gruta de piedras, un ambiente que se asemejaba a los cuentos de los libros. Pronto llegaría a nuestras vidas mi Hermano Ricardo y ya éramos dos los que buscábamos la mirada dulce y la palabra amable del amado Paye.

Cuando cumplí 16 años un virus atacó mi médula espinal y quedé parapléjico. Fue un duro golpe para el Curita que quizás soñaba para mí, planes aún más ambiciosos que los que tuvo su Tío para él. Sin embargo, sin ser mezquino con mi madre, amigos y demás seres queridos, debo decir que fue él quien representó el principal motor de voluntad y fé al cual me pude aferrar. Escondió sus miedos y su dolor, brindándome alegría y compañía constante. Cuando logré terminar el bachillerato movilizándome en una silla de ruedas no hubo algo que me complaciera más que el ver su sonrisa.
Mi Paye siguió siendo mi mayor confidente cuando yo tenía algún conflicto amoroso, al decidir qué carrera Universitaria elegir. Fue él quien me enseño a manejar un carro adaptado a mis condiciones y quien me introdujo a medios laborales en los que aún hoy me desenvuelvo. Muchas fueron nuestras conversaciones sobre mí fantasear de hacerme Sacerdote, aunque en el fondo sabíamos que esto era más bien el deseo de seguir sus pasos. Yo había nacido para ser Educador.

Tal vez el momento más difícil que vivimos juntos fue la muerte de mi papá biológico. Alejado como me encontraba de él, no tenía claro cuál sería mi reacción frente a su deceso, sin embargo este hecho desgarró mi corazón, haciéndome sentir impotente y hasta culpable de no haber contribuido a que nuestra relación hubiera sido más estrecha y armónica. Yo fui el que lloré como un niño en el hombro de mi Paye mientras él se mantuvo fuerte y ecuánime. Sus palabras en el funeral de mi papá fueron un alivio al inmenso dolor que asediaba mi alma.

Actualmente mi Paye es un lindo viejito con las necesidades y limitaciones típicas de su edad. Con todo y esto, aún nos sigue apoyando, vela por el bienestar, la salud y la alegría de mi madre, la cual es para él su hija. Aún celebra una misa a la semana y nos bendice con su presencia en nuestras vidas. Cuando mi hermano tuvo a su hija Andreína, mi Paye se convirtió en bisabuelo.

Al salir a pasear con él por algún sitio público, acompañados de mi esposa y mi madre, me da mucho gusto el ver a tantas personas que se le acercan para comentarle que fue él quién los bautizó, les dio la primera comunión, los casó o fue su maestro. Mi Paye orgulloso me comenta el placer que le causa saber que aún lo recuerdan. Su memoria falla mucho y en oportunidades no coordina las ideas que quiere expresar. Yo extraño inmensamente nuestras conversaciones habituales. Ahora son más simples, se limitan a aclararle qué día es hoy y cuánto falta para que llegue el domingo y poder celebrar su ansiada misa. Quizás así de simples fueron las primeras conversaciones que mantuvimos cuando yo aún era un niño. Ahora me toca a mí asumir el papel del adulto que lleva el control. Nunca podré pagarle tanto amor y entrega. Dios nos brindó el privilegio de poder contar a nuestro lado con una persona tan inmensa y maravillosa como mi Paye.

(el autor a la izquierda con el padre Marcelino)

,



martes, 17 de marzo de 2009

Editorial (en italiano) de l'Osservatore Romano por Rino Fisichella

Como anuncié al final del artículo anterior les publico el editorial del Osservatore Romano




Dalla parte
della bambina brasiliana


di Rino Fisichella
Arcivescovo presidente
della Pontificia Accademia per la Vita


Il dibattito su alcune questioni si fa spesso serrato e le differenti prospettive non sempre permettono di considerare quanto la posta in gioco sia veramente grande. È questo il momento in cui si deve guardare all'essenziale e, per un attimo, lasciare in disparte ciò che non tocca direttamente il problema. Il caso nella sua drammaticità è semplice. C'è una bambina di soli nove anni - la chiameremo Carmen - che dobbiamo guardare fisso negli occhi senza distrarre lo sguardo neppure un attimo, per farle capire quanto le si vuole bene. Carmen, a Recife, in Brasile, viene violentata ripetutamente dal giovane patrigno, rimane incinta di due gemellini e non avrà più una vita facile. La ferita è profonda perché la violenza del tutto gratuita l'ha distrutta dentro e difficilmente le permetterà in futuro di guardare agli altri con amore.

Carmen rappresenta una storia di quotidiana violenza e ha guadagnato le pagine dei giornali solo perché l'arcivescovo di Olinda e Recife si è affrettato a dichiarare la scomunica per i medici che l'hanno aiutata a interrompere la gravidanza. Una storia di violenza che, purtroppo, sarebbe passata inosservata, tanto si è abituati a subire ogni giorno fatti di una gravità ineguagliabile, se non fosse stato per lo scalpore e le reazioni suscitate dall'intervento del vescovo. La violenza su una donna, già grave di per sé, assume una valenza ancora più deprecabile quando a subirla è una bambina, con l'aggravante della povertà e del degrado sociale in cui vive. Non c'è linguaggio corrispondente per condannare tali episodi, e i sentimenti che ne derivano sono spesso una miscela di rabbia e di rancore che si assopiscono solo quando viene fatta realmente giustizia e la pena inflitta al delinquente di turno ha certezza di essere scontata.

Carmen doveva essere in primo luogo difesa, abbracciata, accarezzata con dolcezza per farle sentire che eravamo tutti con lei; tutti, senza distinzione alcuna. Prima di pensare alla scomunica era necessario e urgente salvaguardare la sua vita innocente e riportarla a un livello di umanità di cui noi uomini di Chiesa dovremmo essere esperti annunciatori e maestri. Così non è stato e, purtroppo, ne risente la credibilità del nostro insegnamento che appare agli occhi di tanti come insensibile, incomprensibile e privo di misericordia. È vero, Carmen portava dentro di sé altre vite innocenti come la sua, anche se frutto della violenza, e sono state soppresse; ciò, tuttavia, non basta per dare un giudizio che pesa come una mannaia.

Nel caso di Carmen si sono scontrate la vita e la morte. A causa della giovanissima età e delle condizioni di salute precarie la sua vita era in serio pericolo per la gravidanza in atto. Come agire in questi casi? Decisione ardua per il medico e per la stessa legge morale. Scelte come questa, anche se con una casistica differente, si ripetono quotidianamente nelle sale di rianimazione e la coscienza del medico si ritrova sola con se stessa nell'atto di dovere decidere cosa sia meglio fare. Nessuno, comunque, arriva a una decisione di questo genere con disinvoltura; è ingiusto e offensivo il solo pensarlo.

Il rispetto dovuto alla professionalità del medico è una regola che deve coinvolgere tutti e non può consentire di giungere a un giudizio negativo senza prima aver considerato il conflitto che si è creato nel suo intimo. Il medico porta con sé la sua storia e la sua esperienza; una scelta come quella di dover salvare una vita, sapendo che ne mette a serio rischio una seconda, non viene mai vissuta con facilità. Certo, alcuni si abituano alle situazioni così da non provare più neppure l'emozione; in questi casi, però, la scelta di essere medico viene degradata a solo mestiere vissuto senza entusiasmo e subito passivamente. Fare di tutta un'erba un fascio, tuttavia, oltre che scorretto sarebbe ingiusto.

Carmen ha riproposto un caso morale tra i più delicati; trattarlo sbrigativamente non renderebbe giustizia né alla sua fragile persona né a quanti sono coinvolti a diverso titolo nella vicenda. Come ogni caso singolo e concreto, comunque, merita di essere analizzato nella sua peculiarità, senza generalizzazioni. La morale cattolica ha principi da cui non può prescindere, anche se lo volesse. La difesa della vita umana fin dal suo concepimento appartiene a uno di questi e si giustifica per la sacralità dell'esistenza. Ogni essere umano, infatti, fin dal primo istante porta impressa in sé l'immagine del Creatore, e per questo siamo convinti che debbano essergli riconosciuti la dignità e i diritti di ogni persona, primo fra tutti quello della sua intangibilità e inviolabilità.

L'aborto provocato è sempre stato condannato dalla legge morale come un atto intrinsecamente cattivo e questo insegnamento permane immutato ai nostri giorni fin dai primordi della Chiesa. Il concilio Vaticano ii nella Gaudium et spes - documento di grande apertura e accortezza in riferimento al mondo contemporaneo - usa in maniera inaspettata parole inequivocabili e durissime contro l'aborto diretto. La stessa collaborazione formale costituisce una colpa grave che, quando è realizzata, porta automaticamente al di fuori della comunità cristiana. Tecnicamente, il Codice di diritto canonico usa l'espressione latae sententiae per indicare che la scomunica si attua appunto nel momento stesso in cui il fatto avviene.

Non c'era bisogno, riteniamo, di tanta urgenza e pubblicità nel dichiarare un fatto che si attua in maniera automatica. Ciò di cui si sente maggiormente il bisogno in questo momento è il segno di una testimonianza di vicinanza con chi soffre, un atto di misericordia che, pur mantenendo fermo il principio, è capace di guardare oltre la sfera giuridica per raggiungere ciò che il diritto stesso prevede come scopo della sua esistenza: il bene e la salvezza di quanti credono nell'amore del Padre e di quanti accolgono il vangelo di Cristo come i bambini, che Gesù chiamava accanto a sé e stringeva tra le sue braccia dicendo che il regno dei cieli appartiene a chi è come loro.

Carmen, stiamo dalla tua parte. Condividiamo con te la sofferenza che hai provato, vorremmo fare di tutto per restituirti la dignità di cui sei stata privata e l'amore di cui avrai ancora più bisogno. Sono altri che meritano la scomunica e il nostro perdono, non quanti ti hanno permesso di vivere e ti aiuteranno a recuperare la speranza e la fiducia. Nonostante la presenza del male e la cattiveria di molti.

(Traducción aquí)


, , ,