Mi estimado Juan José Caldera:
No pretendo rebatir (sería estúpido de mi parte discutir de leyes con un abogado, hijo de abogado) sus consideraciones legales del sobreseimiento de la causa que Rafael Caldera le concedió a los presos de Yare, sino la conveniencia o no de la medida.
En primer lugar me sorprendió la velocidad con la que publicó su apología (era de esperarse una apología, claro, pero ¿tan rápido?). Me recordó un aforismo latino que reza: “excutatio non petitat, acutatio manifestat”, o para decirlo en criollo: “el que se excusa, se acusa”. Tal vez debamos leer así el último párrafo suyo: El presidente Caldera puso en libertad a Hugo Chávez como a otros de sus compañeros de rebelión, por los motivos y en las circunstancias que se han recordado aquí. Pero no fue el artífice de su elección, ni votó por él. Chávez no está en el gobierno por su causa. Y entender que hay una suerte de necesidad familiar de terminar con la molestia (que les causa a ustedes como familia) el que se señale a Caldera como el factor principal para que Chávez estuviese hoy en el poder.
Ciertamente el ex presidente no es el culpable del resultado de la elección del 98; aquí hay que señalar a todos los que, bien de buena fe, bien con aviesos propósitos, depositaron su voto en las urnas para llevar al tipo a la primera magistratura, pero… y parafraseando a Santo Tomás de Aquino y sus cinco vías, para no iniciar una regresión de causas que puedan prolongarse ad infinitum, cosa que repugna al intelecto, hay que concluir que Rafael Caldera es la Causa Eficiente y primordial de que Chávez, por ser puesto en libertad, se lanzara a recorrer Venezuela y ganara adeptos que lo llevaran a la presidencia.
¿Hay que excusarlo diciendo que los sobreseimientos los inició Carlos Andrés, los siguió Ramón J. Velázquez y los terminó Caldera? De ningún modo; sería el caso de “mal de muchos, consuelo de tontos”, y lejos de aliviar la carga que según la opinión pública pesa sobre las espaldas de Caldera lo que nos ayuda es a repartir equitativamente la gravísima responsabilidad de dejar sueltos a quienes irrumpieron contra el sistema democrático. Es verdad que la experiencia de su primer gobierno con el proceso de pacificación fue un alivio a Venezuela, cansada, agotada ya de tanta lucha ideológica y armada. Era necesaria, en ese momento, una medida de tal envergadura, pero, y según las propias palabras de Caldera en el discurso del 4 de Febrero “Debo decir con honda preocupación que la situación que vivimos hace más de treinta años no es la misma de hoy” ¿era necesario enviar el mensaje de que cualquier sublevación, cualquier golpe de Estado, cualquier grupo que quisiera atentar contra el Gobierno tendría puerta franca para salir de chirona?. No es lo mismo ofrecer la pacificación a civiles que optaron por la guerrilla que liberar a miembros del estamento militar (los famosos comacates) después de una asonada. Como dijo (creo) Fausto Masó: ya no había razones para no dar un golpe de Estado en Venezuela.
Con todas las limitaciones de mi escaso entendimiento, y uniéndome al creer popular, para mí, el grupo de “Notables” y (¿algunos?) directores de Medios estuvieron al tanto de los intentos de golpe. O era tanto el odio que producía la figura de CAP, que cualquiera que atentara en su contra recibiría de ipso facto el beneplácito de una matriz de opinión creada desde el mismo 4 de Febrero (con la anuencia del discurso de Caldera), como usted bien lo indica en su apología: se creó una corriente de opinión a favor de la liberación de los militares "por parte de la prensa" al presentar mayor cantidad de noticias a favor del sobreseimiento de la causa (las comillas son mías); me hizo recordar la anécdota de William Randolph Hearst (dueño de medios de comunicación) cuando, refiriéndose a la explosión de un barco norteamericano en el puerto de San Juán (Puerto Rico), le dijo a sus periodistas: “ustedes pongan las fotos, que yo pongo la guerra”.
Miguel Henrique Otero era uno de los que se enorgullecía de decir que Chávez visitaba su casa, se bañaba y se cambiaba de camisa. El periodista Alfredo Peña, tan activo denunciante contra la corrupción, sucumbió también a los cantos de sirena, y como ellos, muchos mas que quizá llevados por la descarada corrupción en el gobierno de CAP I y la aversión a CAP II y su paquete de medidas económicas se entregaron, se rindieron, al igual que los notables, sin medir o al menos prever las consecuencias del recurrente comportamiento histórico de los militares venezolanos en el poder, que se sabe cuando se encaraman, pero no se sabe cuando se bajan.
¿No pudo Caldera avizorar el bochorno que sufriría cuando impertérrito y en sus propias narices el actual presidente jurara ante la “moribunda”? ¿no pudo el Estadista resistir los embates de la matriz de opinión? ¿o en el fondo estaba de acuerdo? ¿no entendió que la situación no era la misma de hace 30 años? Si yo, que soy un ignorante cura de pueblo y sin poderlo explicar en palabras (llamémoslo mala espina) entendí que el sobreseimiento no iba a terminar bien, ¿no pudo Caldera tener el mismo pálpito?
Como dije en mi artículo anterior, tendremos que esperar 20 años para saber cómo tratará la historia a Rafael Caldera, pero lo que es hoy, 27 de diciembre de 2009, así piensa un enorme grupo de venezolanos, tantos, que le obligaron a publicar la apología.
Para leer la apología de Juan José Caldera HAGA CLICK AQUÍ
Para leer el discurso de Rafael Caldera el 4-F HAGA CLICK AQUÍ
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domingo, 27 de diciembre de 2009
jueves, 24 de diciembre de 2009
Se murió Rafael Caldera... ¿y?
Existe un dicho muy común por estos lados que reza: “Después de muerto, todo el mundo es bueno” y se aplica a los difuntos que no se distinguieron precisamente por una vida, bien sea decente, bien sea tranquila, bien sea justa. Siempre aflora en el velorio una vieja que para quedar lucida proclama con tono ceremonioso: “aaay! él si era bueno…”, lo que arranca miradas de incredulidad en el resto de los asistentes que como los atletas cuando oyen el disparo comienzan en sordina y con sorna a rememorar las “hazañas” del pro-hombre cuyos restos reposan en el cajón en medio de la sala de la casa, de tal manera que si no le conocías la vida, ahora se la conoces, o si te faltaba algo, ahora completas el cuadro de vagabunderías y marramucias del que, una vez muerto, por arte de magia se ha convertido en el santo varón, héroe de grandes y chicos a mas no poder.
Recuerdo la anécdota de dos actrices de Hollywood quienes a lo largo de sus carreras se manifestaron una aversión mutua, Bette Davis y Joan Crawford. Cuando la Crawford murió, la prensa del espectáculo corrió a buscar las declaraciones de Bette Davis, quien, parsimoniosamente comentó:
La cosa no es muy justa que digamos, porque ciertamente las personas no son ni totalmente buenas ni totalmente malas, así que en el féretro caben todas sus virtudes y todos sus defectos; Sin embargo nuestra apreciación inclinará la balanza de la vida de un lado o del otro dependiendo de nuestra relación con el fenecido y su actividad.
Ni siquiera la Historia y el Tiempo son muy justos que digamos… el ignoto, el desconocido, jamás tendrá la oportunidad de ser reivindicado o confirmado en su inutilidad con el paso del tiempo, no así las figuras públicas cuya vida es y será objeto de estudio y cuyos alcances sólo se apreciarán cuando, con el pasar del tiempo se confirme que lo que hicieron o dejaron de hacer en realidad sirvió para algo.
Hoy en la madrugada murió Rafael Caldera. Dos veces presidente de la República; junto con Jóvito Villalba y Rómulo Betancurt co-creador de la doctrina de alternabilidad democrática en el llamado pacto de Punto Fijo (no porque el pacto hubiera nacido en esa población Falconiana sino porque la casa de Caldera en Caracas se llamaba así). Como presidente (1º período) impulsó la industrialización del país (“El Tablazo” marca el paso), ofreció construir 100.000 casa por año (al finalizar su período de 5 años no había llegado a cumplir ni 90.000). Acabó con las escuelas técnicas, allanó la Universidad Central de Venezuela en el 69 con un balance de 10 estudiantes muertos y 85 entre presos y torturados.
Al decir de muchos, su soberbia lo llevó a asfixiar políticamente a sus “delfines”, a quienes les cercenó las posibilidades reales de acceder a la presidencia de la República (Eduardo Fernández y Oswaldo Álvarez Paz). Cuando el partido que él fundó se cansó de tenerlo como “eterno candidato” pues hundió a Copei y creó el tristemente famoso “chiripero” aprovechando la coyuntura de la destitución de Carlos Andrés Pérez y el mediocre gobierno interino de un gran hombre como Ramón J. Velásquez y llegó de nuevo a la presidencia de la República para adjuntar a su record la quiebra del Banco Latino (de su examigo Pedro Tinoco) y la debacle económica de la crisis bancaria que arrastró a una decena de bancos mas (y sus miles de ahorristas), precisamente por la ineptitud de los organismos públicos al no fiscalizar ni manejar con efectividad la actividad bancaria.
Y lo que la mayor parte de los venezolanos recordamos, el INSULTO, perdón, el INDULTO a los golpistas que sacó de Yare y lanzó a la vida pública a Chávez, multiplicando por 1000 todo este proceso de descomposición política y social que vive Venezuela.
Yo no se como tratará la Historia a Rafael Caldera dentro de 20 años; no se cual lado de la balanza se inclinará, si la de a su favor o en contra, pero lo que es hoy, a escasas horas de su fallecimiento estos son los recuerdos que vienen a mi memoria, lo cierto es que nunca se debería hablar mal de los difuntos, solo bien. ¿se murió Caldera?...
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Recuerdo la anécdota de dos actrices de Hollywood quienes a lo largo de sus carreras se manifestaron una aversión mutua, Bette Davis y Joan Crawford. Cuando la Crawford murió, la prensa del espectáculo corrió a buscar las declaraciones de Bette Davis, quien, parsimoniosamente comentó:
Nunca se debería hablar mal de los difuntos, solo bien… ¿se murió Joan Crawford? QUE BIEN!!!
La cosa no es muy justa que digamos, porque ciertamente las personas no son ni totalmente buenas ni totalmente malas, así que en el féretro caben todas sus virtudes y todos sus defectos; Sin embargo nuestra apreciación inclinará la balanza de la vida de un lado o del otro dependiendo de nuestra relación con el fenecido y su actividad.
Ni siquiera la Historia y el Tiempo son muy justos que digamos… el ignoto, el desconocido, jamás tendrá la oportunidad de ser reivindicado o confirmado en su inutilidad con el paso del tiempo, no así las figuras públicas cuya vida es y será objeto de estudio y cuyos alcances sólo se apreciarán cuando, con el pasar del tiempo se confirme que lo que hicieron o dejaron de hacer en realidad sirvió para algo.
Hoy en la madrugada murió Rafael Caldera. Dos veces presidente de la República; junto con Jóvito Villalba y Rómulo Betancurt co-creador de la doctrina de alternabilidad democrática en el llamado pacto de Punto Fijo (no porque el pacto hubiera nacido en esa población Falconiana sino porque la casa de Caldera en Caracas se llamaba así). Como presidente (1º período) impulsó la industrialización del país (“El Tablazo” marca el paso), ofreció construir 100.000 casa por año (al finalizar su período de 5 años no había llegado a cumplir ni 90.000). Acabó con las escuelas técnicas, allanó la Universidad Central de Venezuela en el 69 con un balance de 10 estudiantes muertos y 85 entre presos y torturados.
Al decir de muchos, su soberbia lo llevó a asfixiar políticamente a sus “delfines”, a quienes les cercenó las posibilidades reales de acceder a la presidencia de la República (Eduardo Fernández y Oswaldo Álvarez Paz). Cuando el partido que él fundó se cansó de tenerlo como “eterno candidato” pues hundió a Copei y creó el tristemente famoso “chiripero” aprovechando la coyuntura de la destitución de Carlos Andrés Pérez y el mediocre gobierno interino de un gran hombre como Ramón J. Velásquez y llegó de nuevo a la presidencia de la República para adjuntar a su record la quiebra del Banco Latino (de su examigo Pedro Tinoco) y la debacle económica de la crisis bancaria que arrastró a una decena de bancos mas (y sus miles de ahorristas), precisamente por la ineptitud de los organismos públicos al no fiscalizar ni manejar con efectividad la actividad bancaria.
Y lo que la mayor parte de los venezolanos recordamos, el INSULTO, perdón, el INDULTO a los golpistas que sacó de Yare y lanzó a la vida pública a Chávez, multiplicando por 1000 todo este proceso de descomposición política y social que vive Venezuela.
Yo no se como tratará la Historia a Rafael Caldera dentro de 20 años; no se cual lado de la balanza se inclinará, si la de a su favor o en contra, pero lo que es hoy, a escasas horas de su fallecimiento estos son los recuerdos que vienen a mi memoria, lo cierto es que nunca se debería hablar mal de los difuntos, solo bien. ¿se murió Caldera?...
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